viernes, enero 14, 2005

El complejo arte del pronóstico económico

Como cada año, generalmente entre Navidad y bajada de Reyes, despierta el diminuto Nostradamus (1) que habita en cada uno de nosotros. Entonces, en la más estricta intimidad, calibramos nuestras perspectivas para el año venidero en lo que se refiere a los deseos y acciones que más podrían influir en nuestra seguridad y felicidad personal: la familia y las amistades, el trabajo y el ocio, los negocios y las loterías, la economía y la política, e incluso el clima y los desastres naturales que podrían afectarnos.

En contraste, los únicos que salimos al ruedo y hacemos públicos nuestros pronósticos somos los economistas. Sin sonrojarnos, con el ceño fruncido y en tono ceremonial, damos a conocer -a una audiencia ávida- la tasa de crecimiento, la inflación, el tipo de cambio, el déficit externo, etc. que habremos de esperar hacia fines de año.

Los concursos de belleza y los pronósticos para 2005 (2)

En ese serio ejercicio de prospección -¡no vaya usted jamás a decir que se trata de uno de adivinación!- compiten entre sí los más prestigiosos prestidigitadores, expertos radicados en universidades y centros de investigación económica, en bancos y consultoras privadas, entre otros, sin olvidar las instancias especializadas del propio gobierno y de los organismos internacionales.

Curiosamente, lo que va a encontrar usted revisando tales pronósticos para el presente año -o cualquiera del pasado- es la extrema similitud de los resultados a que llegan los técnicos en la materia, marcándose diferencias que apenas llegan a unas pocas décimas de un punto porcentual o a unos cuantos cientos de millones de dólares. Con lo que usted se preguntará inmediatamente a qué puede deberse tal coincidencia, tan atípica entre peruanos en otros ámbitos. Como usted considera que los economistas son los científicos sociales más serios, ciertamente no tanto como nosotros mismos nos consideramos, asumirá que poseemos todos el mismo modelo macroeconómico y la misma base de datos, marcando las milimétricas diferencias de pronóstico una que otra magnitud de alguna variable exógena. Y, en efecto, si bien unos poseen un modelo macroeconométrico y otros apenas un buen olfato, las divergencias entre tales modelos prospectivos es enorme, por no hablar de las que existen entre las narices. ¿Cómo explicar entonces las sorprendentes coincidencias?

Son varias las hipótesis que a ese respecto se podrían plantear, pero una de las que más nos gusta es la que tiene relación con una famosa metáfora de la Teoría general de Sir John Maynard Keynes (capítulo 12), la que parafrasearemos y sacaremos evidentemente de contexto. Se trata de un símil que ese gran economista planteara en torno a la selección que los jurados ('concursantes') adoptan para determinar "las seis caras más bonitas entre un centenar de fotografías".

A ese respecto Keynes nos dice que cada miembro del comité elige, "no los semblantes que él mismo considere más bonitos, sino los que crea que serán más del agrado de los demás (...). No es el caso de seleccionar aquella que, según el mejor juicio propio, son realmente las más bellas, ni siquiera las que la opinión general cree que lo son efectivamente". Es decir, "dedicamos nuestra inteligencia a anticipar lo que la opinión promedio espera que sea la opinión promedio" (3).

De manera que se otea (¿olfatea?) al vecino: los académicos a los informes de los bancos, éstos a los de la banca de inversión o al revés, todos a los organismos internacionales, los que a su vez consultan a economistas y empresarios de su confianza y así sucesivamente. Nadie quiere quedar mal o, en todo caso, siguiendo ese criterio todos saben que quedarían igualmente mal si fallan los pronósticos. Además, cada cual puede hacerlos -más o menos irresponsablemente- porque sabe bien que nadie se tomará la molestia de comprobar su errores dentro de un año (como haremos más adelante, impertinentemente).

Evidentemente esa táctica tinkera (4) funciona muy bien en un entorno tranquilo y si predomina el optimismo o el pesimismo, heredado del año inmediatamente anterior, pero fracasa rotundamente cuando se da una reversión de tendencias. Que bien podría darse este año... así como podría no darse. Y ese es el gran problema del momento actual, porque el 2005 -a pesar del optimismo generalizado reinante- se presenta extremamente complejo, dada la incertidumbre que existe en los ámbitos económico y político, tanto interno, como externo. Respecto a este último, ¿quién puede decir si el precio del petróleo subirá o bajará? ¿quién se atreve a afirmar que Bush permitirá la aplicación de una política drástica de ajuste de sus déficit gemelos? ¿Quién si China revaluará o no el yuan? Etc. Obviamente, nadie nos pedirá que incluyamos en nuestras adivinanzas choques externos intra, supra o extracontinentales, como epidemias, guerras o el aterrizaje de OVNIS.

En el ámbito interno las dificultades son de similar magnitud: quién podría afirmar si el gobierno iniciará el tradicional 'ciclo político de la economía' en vistas a las elecciones del 2006; quién puede prever en qué medida aumentarán las movilizaciones sociales; quién si se seguirá o no revaluando el sol respecto al dólar, si se firmará o no el TLC con EEUU, si se mantendrán las concesiones de Michiquillay, Santiago de Poto, puertos, hidroeléctricas y similares, etc. (al margen de otras eventualidades que, por lo demás, están interconectadas asimétricamente entre sí). Por supuesto, nadie espera que pronostiquemos terremotos, lluvias de langostas, el incendio del Congreso y demás acontecimientos que podrían acabar con todo pronóstico, por más empeño que se disponga para su elaboración.

Aunque los economistas (casi) siempre nos equivocamos en nuestras proyecciones, las seguimos ejercitando afanosa y puntualmente, año a año. A medida que pasan los meses vamos haciendo los ajustes para llegar a pronósticos adecuados, los que generalmente se cumplen ex post... durante el último mes del año pronosticado. Como la memoria de nuestro público es estrecha, nadie nos pedirá cuentas. Con lo que, y para parafrasear el dictum que sobre los metereólogos emitiera el físico ruso Lev Landau, los economistas "a menudo están en el error, pero no en duda" (5). En efecto, gozamos hoy en día del respeto que en la Antiguedad tenían los filósofos y en la Edad Media los teólogos. El problema es que nos hemos creído que podemos sustituirlos. Felizmente, las amas de casa -que son muchas y bastante más sabias- todavía no confían en nosotros.

A pesar de todos esos peros, siempre es muy útil realizar proyecciones, de cuyos errores muchos aprenderemos (aunque otros seguirán con la costumbre de siempre, enterrando el pico, al estilo avestruz). Solo así dejaremos de lado los amañados concursos de belleza keynesianos y podremos mejorar los modelos macroeconómicos que albergamos en nuestras computadoras o en nuestras fosas nasales. Además, estos ejercicios resultan inevitables por el requerimiento perentorio de empresarios, gobiernos y periodistas, quienes exigen nuestras proyecciones para poderse ubicar -aunque sea ilusamente- en el horizonte económico. Por lo demás, nunca hay que olvidar, que "los políticos, así dicen, utilizan a los economistas como los borrachos a los faroles: no buscan la luz sino sostén" (6).

Una evaluación cuantitativa de los pronósticos realizados para el 2004 (7)

Para intentar confirmar nuestras aventuradas hipótesis haremos un ejercicio sobre la base de las predicciones económicas que se realizaran en el Perú para el año pasado. Compararemos los resultados logrados a diciembre 2004 con los pronósticos estimados en febrero 2004 por trece instituciones (entre bancos y consultoras privadas), según las encuestas consignadas en el 'Latin American Consensus Forecasts' (p. 25). Dado que, a la fecha, sólo poseemos datos efectivos (aún preliminares) de los resultados para cinco de las diez variables que se pronosticaron para el caso peruano, nos concentraremos en ellas, a saber: el crecimiento del Producto Interno Bruto (PIB) (8), la inflación (IPC de Lima Metropolitana), las exportaciones e importaciones de bienes, y el stock de Reservas Internacionales Netas (RIN). Lo primero que se observa en la tabla adjunta es, efectivamente, la similitud de pronósticos, que solo reflejan desviaciones menudas.

Sin embargo, precisando y magnificando, veremos que hay diferencias que nos permitirán calibrar la bondad relativa de los pronósticos. Para 'calificar' a cada uno de los 'tinkeros' utilizaremos un método muy primitivo: el que adivinó correctamente cada uno de los resultados alcanzados en 2004 obtiene una nota de 20, como es obvio. Los que no adivinaron se les quita puntaje: en el caso del crecimiento económico y la inflación, se le resta un punto (de 20, se entiende) por cada décima de diferencia con el resultado efectivo; y para las exportaciones, importaciones y RIN, un punto menos por cada 200.000 dólares de diferencia. Podrá llamarle la atención esta curiosa pero innovadora metodología, con la que dicho sea de paso esperamos ganar el Premio Nóbel de Economía de este año. Los resultados -que son un promedio ponderado criollo de las cuatro calificaciones- los podrá observar con todos sus detalles en la tabla adjunta.

Si consideramos el promedio de los pronósticos de todos los que intervinieron, observamos que el conjunto está desaprobado con un deprimente 10 (diez, sí y en rojo); lo que se debió básicamente al hecho de que todos subvaluaran excesivamente la inflación y las exportaciones (en que fueron desaprobados con un miserable 08). De todos ellos, se advierte que hay siete adivinantes desaprobados, obligados a llevar su curso vacacional en el tropical verano que nos viene acosando.

Hemos ordenado a los 'alumnos' según su rendimiento, en que promovió de año -como primera de la clase- la 'Unidad de Inteligencia Económica' del The Economist (EIU), siguiéndola Apoyo Consultoría y Bank Boston con calificaciones todavía aceptables. En cambio, nuestros mejores amigos quedaron en la cola, como puede suceder en las mejores familias en algún año de mala racha. Nos enorgullece que cuatro de las cinco instituciones peruanas hayan aprobado, mientras que seis de las ocho extranjeras no lograron la promoción. Con lo que nos añadimos un nuevo éxito, que ojalá levante nuestra alicaída moral nacional, el que se añade a los otros varios lauros recientemente conquistados, como la nueva Miss Mundo, la mejor tablista del orbe, la Copa Libertadores.

En resumen, lo más interesante de este ejercicio es que, afortunadamente, respecto a los resultados efectivamente alcanzados, todos subvaluaron el crecimiento del PIB (en promedio en medio punto porcentual), el valor de las exportaciones (en 2.400 millones de dólares), el de las importaciones (en 1.100) y el de las RIN (en 1.900); ámbitos en que predominó un pesimismo relativo respecto a lo materializado efectivamente hacia fines del año pasado. Pero, para nuestro infortunio, todos también subvaluaron la inflación (en 1,2 puntos porcentuales o en 34%, en promedio), respecto a lo cual todos resultaron excesivamente optimistas, seguramente por la reconocida seriedad del -ahora muy injustamente vapuleado- Directorio del Banco Central.

Entonces, ciertamente, resultaba muy difícil prever los tremendos choques de oferta (negativos) y de demanda (positivos), sobre todo externos, que afectaron nuestra economía durante los últimos doce meses. Lo que, a medida que pasaban los meses, llevó a ciertos ajustes -con todo derecho- por parte de las entidades pitonisas. Bertold Brecht planteó el asunto de manera muy simpática y realista, cuando afirmó algo así como que "los economistas son unas personas que se pasan la mitad del año prediciendo lo que va a suceder y la otra mitad explicando porqué no sucedió lo que predijeron; sería una lástima ahorcarlos: mejor sería emplearlos como apostadores en carreras de caballos".

Quizás pueda servir de consuelo a los pronosticadores 'perdedores' de este año, el hecho de que muchos economistas célebres, en el pasado, hayan cometido errores pantagruélicos en este campo, entre los que vale la pena recordar unos pocos. En 1903, el Presidente del Banco de Ahorros de Michigan le aconsejó al abogado de Henry Ford que no comprara acciones de la empresa automovilística, ya que "el caballo se mantendrá, mientras que el automóvil no es sino una moda, una locura"; el abogado no le hizo caso y compró acciones por 100.000 dólares, que pudo vender unos pocos años después por 12,5 millones. Por su parte, el fundador del Instituto Babson, un estadístico financiero estadounidense, pontificó que "la elección de Hoover resultará en una prosperidad continuada en 1929". Más grave aún, el más grande economista de Yale (Irving Fisher), estimó -el 18 de octubre de 1929- "que las acciones han alcanzado un nivel que permanecerá en una plataforma permanentemente elevada"...¡seis días antes del ominoso "Jueves Negro" de la Bolsa de Nueva York que desembocó en la Gran Depresión! También son ilustrativas las apuestas de los economistas de los años cincuenta, quienes no le veían futuro alguno a los países del sudeste asiático y sí en cambio a los latinoamericanos. Más recientemente, Sebastián Edwards (brillante profesor de la UCLA) pronosticó -en relación a la dolarización oficial de las economías latinoamericanas- que estaba "igualmente convencido que sería la mayor frivolidad pensar que, digamos, Ecuador, pueda ir en esa dirección", pocos meses antes que se dolarizara efectivamente nuestro vecino (11).

Y, por falta de espacio y exceso de vergüenza, no añado las proyecciones fallidas del FMI y las mías propias. Con lo que Dani Rodrik (12), el prestigioso economista de Harvard, tiene mucha razón cuando afirma que economists rank second only to astrologers in their predictive abilities.

Afortunadamente, todos nos equivocamos

A fin de evitarnos depresiones mayores y para que no se crea que sólo los economistas erramos, presentaremos aquí algunos pronósticos gruesa y graciosamente fallidos, realizados por estadistas, militares, científicos y literatos a lo largo del siglo XX (13).

En 1897 Lord Kelvin, el célebre matemático y físico escocés, afirmó que "la radio no tiene futuro". Dos años más tarde, el Comisionado de Patentes de los EEUU sentenció que "todo lo que puede ser inventado ya ha sido inventado". El 1901 el novelista británico H.G.Wells consideraba que los submarinos sólo sofocarían a sus tripulaciones y desaparecerían irremediablemente en la mar. Ese mismo año, Wilbur Wright, el pionero de la aviación estadounidense, le confesó a su hermano que el hombre no llegaría a volar sino dentro de 50 años; y, una década después, el mariscal Foch decía que "los aeroplanos son juguetes interesantes, pero sin valor militar". El ex secretario de Defensa de los EEUU afirmaba, en 1922, que Japón jamás podría atacar las posiciones estadounidenses en el Pacífico, ya que la radio "haría imposible todo tipo de sorpresas". Cuando Graham Bell ofreció en venta su empresa telefónica en 100.000 dólares al presidente de la Western Union, éste le replicó, rechazando el trato: "¿Qué uso podríamos darle a ese juguete eléctrico que es el teléfono?". Un lustro después, en pleno auge del cine mudo, un alto funcionario de la Warner Brothers se preguntaba: "¿Quién diablos quiere que los actores hablen?". En agosto de 1934, David Lloyd George (ex premier de Gran Bretaña) decía: "Créanme, Alemania es incapaz de considerar una guerra".

Ya después de la segunda guerra mundial se hicieron algunos otros algunos faux pas célebres. En 1946, el presidente de la 20th Century Fox afirmaba contundentemente que "la televisión no será capaz de mantenerse en el mercado por más de seis meses, ya que la gente no tardará en hartarse de estar sentada todas las noches ante una cajita de triplay". En 1949, la revista Mecánica Popular, proyectando el desarrollo de la tecnología computacional, escribía muy convencida "que las computadoras quizás lleguen en el futuro a pesar sólo 1,5 toneladas" y, treinta años más tarde, el presidente de la Digital Equipment Corporation, decía que "no hay motivo alguno por el cual los individuos tengan que tener una computadora en su casa". Cuando Decca Records rechazó a los Beatles en 1962, argumentó "que no les gustaba su sonido y que los grupos de guitarristas están en camino de salida". En 1963, un cirujano de Los Ángeles, entrevistado por un semanario, les decía que, "para la mayoría de personas, el uso de tabaco tiene un efecto benéfico" (por lo que fumo desde entonces, con las consecuencias que ahora ya se conocen). Finalmente, el doctor Lee De Forest, inventor del tubo de audión y padre de la radio, pronosticó el 25 de febrero de 1967 que "el hombre nunca llegará a la Luna, independientemente de todos los avances científicos futuros"; poco más de dos años después -el 16 de julio de 1969- Neil Armstrong desplegaba la bandera estadounidense en el diminuto satélite de los románticos terráqueos.

En fin, consuelo de muchos, consuelo de tontos. Pero, ya para terminar, ¿cómo explicar estos fiascos de los economistas? Existe una infinidad de hipótesis y dificultades, entre las que cabe mencionar unas pocas: el deficiente o incompleto marco teórico y del modelo macroeconómico (mental o econométrico) utilizado por el que pronostica; sus buenos o malos deseos respecto al gobierno de turno; las precarias y endebles estadísticas oficiales; los intereses que defiende cada entidad ante sus clientes; los factores exógenos y demás impredecibles, en especial, las decisiones del presidente (que no se han introducido aún como una variable endógena adicional a los modelos macroeconómicos en uso); etc. Además, resulta difícil hacer pronósticos con un gobierno que ha perdido la brújula, que ya no tiene ideas y que no concerta con los agentes económicos y políticos; y, last but not least, es muy importante el olfato que posee quien pronostica... y que, como se desprende de los resultados, y sin alusiones personales, también tiene mucho que ver con el tamaño de su nariz. Evidentemente, del lado contrario, también los pronósticos afectan -y bastante más de lo que comúnmente se cree- a la economía, con lo que aumentan las posibilidades de 'achuntarla'.

En conclusión, si bien sería uno de sus fines últimos, la ciencia económica aún no ha madurado lo suficiente como para presentar predicciones relativamente precisas, pero que siempre estarán sujetas a una serie de imponderables inmanentes a toda ciencia social. Gracias a ello nos equivocamos y ojalá que ello siga así, no sólo porque de los errores se aprende, sino principalmente porque si algún día llegáramos a hacer pronósticos exactos ello contraería gruesas molestias: de un lado, el mundo se volvería tremendamente aburrido y del otro, obviamente el más temido por nosotros, los economistas perderíamos el trabajo. Pero aún más grave sería que el "Gran Hermano" de George Orwell nos tendría en sus manos. Felizmente, el ser humano es y seguirá siendo impredecible, gracias a su ingenio y creatividad. Y ese es nuestro seguro personal para garantizar la libertad humana... por los siglos de los siglos.

Lima (Perú) y Delfos (Grecia), 14 de enero del 2004.

Fuente: Actualidad Económica del Perú, enero 14, 2005, y en La Insignia, Madrid. Reseñado en El Comercio, Lima, enero 21, 2005 (p. B-2).


Notas

(1) Su nombre verdadero fue Michel de Notredame (1503-1566), francés, médico personal de Carlos IX y astrólogo. Sus oscuras profecías perviven hasta nuestros días.

(2) Esta sección fue originalmente publicada en la columna diaria de Humberto Campodónico (La República, enero 12, 2004).

(3) Es ilustrativa la actitud de nuestro Ministerio de Economía: a principios de diciembre pasado pronosticaban un 6,5% de crecimiento para el 2005, el que ajustaron para abajo una vez que -como los estudiantes copiones en los exámenes finales- bizquearon la vista a las predicciones de otras entidades como la CEPAL, la CAF y otras nacionales. Finalmente, 'se decidieron' a remendar el guarismo hacia abajo, fijándolo en 4,5%.

(4) La 'Tinka' es una lotería que usted puede jugar bisemanalmente por tres soles y en la que -dado que tiene que adivinar seis números de 45 posibles- tiene la posibilidad de ganar con un micromillonésimo de probabilidad (proceda a hacer el cálculo: divida 1 entre la combinatoria de 45 a la sexta), que es bastante superior a la que poseen los pronósticos económicos de acertar.

(5) Citado por Paul Ormerod, The Death of Economics. Londres: Faber and Faber, 1994; p. 93.

(6) Bernhard Felderer y Stefan Homburg, Macroeconomics and New Macroeconomics. Heidelberg: Springer-Verlag.

(7) Un ejercicio similar al que presentaremos en esta sección, referido al año 1996, se puede encontrar en Actualidad Económica del Perú, no. 179, enero-febrero 1997; pp. 15-17. En ese caso pudimos considerar los pronósticos de 17 entidades, en que el primer lugar lo ocupó el Morgan Stanley (con un 17) y el último -cómo no- el MEF

(8) Anoche nuestro simpático Ministro de Economía afirmó -en el programa de TV conducido por Rosa María Palacios- que en 2004 habríamos crecido al 5%, medio punto porcentual por encima del que se había señalado hace unas semanas. Ya que para nuestros cálculos hemos utilizado la cifra oficial anterior, si la nueva fuera cierta las calificaciones absolutas de todas las entidades que hemos consignado en la tabla (ver última columna) bajarían en 1,5 puntos (¡con lo que solo dos quedarían aprobados!).

(9) Por supuesto que estos pesos específicos son muy arbitrarios, ya que derivan de la importancia y dificultad que nosotros percibimos tiene cada una de estas variables para los fines del pronóstico (lo que hicimos ex ante, antes de hacer los cálculos y sin ajustes posteriores que podrían llevar a sospecha). El autor agradece todo comentario que permita perfeccionar la mencionada ponderación, aunque todos somos conscientes que es imposible conseguir la perfección en este campo.

(10) Fuentes: MEF, Proyección Trimestral de los Recursos Públicos Correspondiente al Año Fiscal 2005, Lima, diciembre 2004; y BCRP, Nota Semanal N° 01, Lima, enero 2005.

(11) De la entrevista publicada en Deutsche Bank Research, p. 39 (www.anderson.ucla.edu/faculty/sebastian.edwards/sebdb.pdf).

(12) "How Far Will International Economic Integration Go?", septiembre 1, 1999 (www. ksg.harvard.edu/rodrik/JEPrev1. PDF).

(13) Todas ellas, anécdotas recogidas y adaptadas del semanario “Newsweek” (enero 27, 1997; p. 41).

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Reseña:

"Analistas no acertaron en pronósticos para el 2004 La mayoría de cálculos iniciales subvaluó inflación y exportaciones". Fuente: El Comercio, enero 21, 2005.

¿Cuánto crecerá la economía este año? ¿A cuánto ascenderá la inflación? ¿Y el tipo de cambio seguirá subiendo o empezará a caer? Frente a estas preguntas nada como recurrir a los expertos, quienes sobre la base de complejos modelos econométricos nos dan luces de hacia dónde apuntan las principales variables económicas.

Pero al parecer, en el 2004 a la mayoría de analistas económicos no les fue bien con los pronósticos que efectuaron entre el inicio de dicho año y finales del 2003, según un estudio realizado por el economista Jurgen Schuldt.

Así, para verificar la bondad relativa de los pronósticos, califica a cada uno de los analistas utilizando el siguiente método: el que acertó correctamente a cada uno de los resultados alcanzados en el 2004 obtiene una nota de 20. Los que no adivinaron se les quita puntaje: en el caso del crecimiento económico y la inflación, se le resta un punto por cada décima de diferencia con el resultado efectivo. Para las exportaciones, importaciones y Reservas Internacionales Netas, un punto menos por cada US$200.000 de diferencia. Los resultados -que son un promedio ponderado de las cuatro calificaciones- se observan en la infografía adjunta.

Considerando el promedio de los pronósticos de todos los que intervinieron, se observa que el conjunto está desaprobado con una nota de 10, dice Shuldt. Argumenta que ello se debió básicamente a que todos subvaluaran excesivamente la inflación y las exportaciones. De todos ellos, se advierte que hay siete analistas desaprobados.

Respecto a los resultados efectivamente alcanzados, todos subvaluaron el crecimiento del PBI (en promedio en medio punto porcentual), el valor de las exportaciones (en US$2.400 millones), el de las importaciones (en US$1.100 millones) y el de las RIN (en US$1.900 millones); ámbitos en que predominó un pesimismo relativo respecto a lo materializado a fines del 2004, indica.