En contraste con éstos, desde los años treinta del siglo pasado el famoso economista japonés Kaname Akamatsu (1896-1974), ilustre desconocido en nuestras tierras, diseñó y perfeccionó el ingenioso paradigma de ‘La Bandada de Gansos Silvestres’, en que se explicitan los procesos dinámicos y cambiantes de la división del trabajo entre países de una región, liderados por una economía dominante. De acuerdo a su planteamiento, en los procesos exitosos de desarrollo económico regional o internacional siempre hay un ganso líder que precede una bandada que se desplaza en forma de ‘V’. Como es sabido, en la naturaleza, el peculiar discurrir de los gansos les permite ahorrar hasta un 60% de energía a los que le siguen, lo que es perfectamente aplicable a ciertas economías integradas regionalmente.
En concordancia con la metáfora, el ganso líder representa la economía dominante de una región, por poseer los más avanzados conocimientos tecnológicos, las más adelantadas técnicas financieras, los mejores sistemas de comercialización, distribución y organización del espacio en cuestión. A medida que esa poderosa economía se desarrolla y aumentan los salarios y la sofisticación tecnológica de los bienes que produce se va desplazando la producción de bienes más intensivos en trabajo y menos complicados hacia los gansos seguidores, que son las economías de su entorno que están en condiciones de asumir la producción que el líder ha desplazado. Con ello se va conformando una región económica coherente e interdependiente muy dinámica, a la par que se van modificando paulatinamente las ventajas comparativas entre las economías, gestando una división del trabajo progresiva aunque asimétrica.
El mencionado paradigma sirvió, entre otros, para entender el éxito de los países del este asiático, camada que fuera liderada regionalmente por Japón, que desde los años cincuenta del siglo pasado asumió el rol de ganso-líder de la zona. Cada economía dependiente de aquella iba pasando paulatinamente de la importación de bienes industriales de esa economía, a la sustitución doméstica de importaciones y, finalmente, a la exportación industrial a todo el mundo. Fue así como transitaron en cadena, de la producción de bienes ‘crudos’ a los más elaborados, acelerando el crecimiento por las economías de escala y las externalidades que surgieron en el proceso.
Más aún, desde el Ministerio de Industria (MITI) japonés, se implementó literalmente el paradigma de Akamatsu para ‘planificar’ la división regional del trabajo con una visión holística, asignando funciones, financiamiento, subsidiarias y tecnologías a los gansos menores. Con el tiempo la división del trabajo regional en el Asia oriental se fue ampliando a los tigres menores y más atrasados, en olas de especialización descendentes por rama industrial. Luego de la muy exitosa incorporación de los cuatro Tigres (Corea del Sur, Taiwán, Hong-Kong y Singapur), se fueron plegando al grupo los tigres-bebé (Tailandia, Malasia, Indonesia) y finalmente los hasta entonces más atrasados pero cada vez más grandes (China, India, Vietnam). Como es evidente ya hoy en día se percibe que una nueva bandada se irá formando en torno a China, que liderará el Asia a partir de una o dos décadas, a pesar de que ahora apenas alcanza el nivel de desarrollo del Japón a fines de los años sesenta (exceptuando la región de Shangai).
En contraste, en el continente americano la bandada de gansos silvestres se ha ido desplegando menos dinámicamente, en la medida en que el super-ganso-lider (EEUU) sigue demandando principalmente materias primas y bienes de consumo ‘livianos’ de nuestra región, aunque desde los años ochenta ha ido desplazando su producción de bienes intensivos en trabajo hacia México y América Central, donde la ‘industrialización’ se da precariamente en forma de maquila y muy tímidamente como parte de cadenas globales de valor. Los TLC firmados o por firmar profundizarían esta nueva forma de subordinación productiva, financiera y tecnológica de nuestras naciones, en que el ganso dominante (que ciertamente se parece más a un águila calva) se reservará para sí la producción de los bienes y servicios más desarrollados tecnológicamente, que se dan con rendimientos crecientes y que rinden mayores valores de retorno y tasas de ganancia. Por lo que parecería que las ventajas comparativas estáticas, sustentadas primordialmente en la exportación de nuestros recursos naturales no renovables en bruto, seguirán determinando nuestro congelado lugar en la retaguardia de la economía continental y de las cambiantes bandadas de gansos silvestres, cuyas consecuencias conocemos todos: inestabilidad de precios y del tipo de cambio, fluctuaciones macroeconómicas, dependencia financiera y tecnológica, elevados niveles de desempleo y subempleo, desnacionalización de la economía, desigual distribución del ingreso y la riqueza, etc.
Las propuestas alternativas para enrumbarnos en otras direcciones están a la mano y son de sentido común si observamos –sin necesidad de copiar, pero sí de adaptar- el vuelo que siguieran los gansos del este asiático y al que se están encaminando los del este europeo. En ese entendido, aunque ahora los palmípedos de nuestro continente vuelan ciegamente hacia el extremo norte, parece pertinente que nuestros países también miren hacia los vecinos cercanos y lejanos del Sur. De lo contrario la distancia entre nosotros y el ganso-líder (y algunos pocos que mantendrán su ritmo) será cada vez mayor, tanto que perderemos el rumbo y tendremos que aterrizar forzosamente en una lejana isla rocosa del Océano, donde seguramente no sería muy agradable la convivencia de nuestro grupo de gansos sudamericanos tardos con una miríada de agresivos pelícanos y cormoranes.
Fuente: Gestión, mayo 24, 2006; p. 15. Facsímil