Si usted revisa la relación estadística existente entre el crecimiento del ingreso por habitante y el grado de satisfacción con el nivel de vida de que gozan las personas en los países desarrollados a lo largo de las últimas décadas se encontrará con una sorprendente paradoja. En efecto, mientras que el ingreso y el consumo promedio de los habitantes de esas economías se multiplicaron varias veces durante ese lapso, el índice de bienestar percibido por ellos se ha mantenido prácticamente constante, en que este último se mide en base a sofisticadas encuestas que preguntan, entre otros, por su nivel de “satisfacción con la vida que llevan” o directamente por su autopercepción de bienestar o felicidad.
A fin de ilustrar este curioso fenómeno, que en la literatura especializada se denomina ‘paradoja de la felicidad’, presentamos los casos empíricos de EEUU y de Japón en el periodo de posguerra, tal como figuran en los diagramas I y II, respectivamente. En lo que a nuestro gran vecino del norte se refiere, se observa que el ingreso aumentó en tres veces, pero el índice de bienestar autopercibido se mantuvo relativamente congelado en torno a un cierto nivel, con ciertos quiebres e incluso con una tendencia declinante. El caso japonés es aún más radical, ya que sus ciudadanos septuplicaron su ingreso promedio en tres décadas, pero su ‘satisfacción con la vida que llevan’ a duras penas se mantuvo a un nivel muy parejo. Lo que evidentemente exaspera a muchos economistas ortodoxos, para quienes siempre ha sido evidente que ‘más es mejor’; es decir, a mayores niveles de ingreso, mayores serían también los niveles de ‘utilidad’ o bienestar que se alcanzan, si bien a tasas decrecientes.
¿Cómo explicar semejante contradicción aparente? Para dar una respuesta nos remitiremos a la gigantesca literatura que en torno a esta materia ha surgido sobre este tema en décadas recientes, en lo que ya viene convirtiéndose en una rama particular de la ciencia económica, denominada rimbombantemente ‘Economía de la Felicidad’, de la que no solo participan eminentes economistas, sino asimismo otros especialistas, especialmente sociólogos y psicólogos (uno de los cuales ha ganado un Premio Nóbel en Economía, precisamente por sus investigaciones en este novel campo). Expondremos muy simplificada y hasta simplistamente algunos de los argumentos más significativos que se han dado a ese respecto[1].
Una primera hipótesis que manejan algunos de estos autores es la del ‘umbral’, de acuerdo a la cual, cuando el ingreso por habitante alcanza un cierto nivel (que se estima entre US$ diez o quincemil por año), la ‘felicidad’ de las personas ya no aumenta. Es decir, técnicamente hablando, la utilidad marginal es nula, lo que significa que –una vez que poseemos un cierto nivel relativamente elevado de ingresos- cualquier aumento ya no contribuiría a incrementar nuestra satisfacción psicológica. Otro planeamiento es el de quienes arguyen con mucha razón que, más que el ingreso actual, a las personas les interesa su trayectoria, de manera que si ese se mantiene constante, el bienestar no aumenta o incluso puede caer. Peor aún, si el ingreso actual cae respecto al pasado, evidentemente el efecto se potencia aún más, dadas las expectativas ‘automáticas’ que abriga la gente de que los aumentos en el ingreso personal deben ser sostenidos y permanentes en el tiempo.
En tercera instancia, hay quienes se refieren a la importancia del ‘ingreso relativo’. Afirman que las personas no se fijan tanto en su ingreso (o consumo) absoluto, sino en el que tienen respecto a sus ‘grupos de referencia’, con lo que su bienestar puede disminuir si alguno de ellos (compañeros de trabajo, vecinos o estratos de mayores ingresos), tiene un nivel de vida económico cada vez más alto respecto al suyo propio. Como se trata de promedios cuando nos referimos a los ingresos a nivel nacional, no se toma en cuenta la distribución del Ingreso Nacional, con lo que muy bien podría ser –como de hecho se ha dado en el caso de EEUU- que ella haya tendido a una mayor desigualdad, por lo que la gente se siente más descontenta por ese ‘efecto demostración’.
También se sustenta con solidez, en cuarto lugar, el argumento de acuerdo al cual, a medida que aumenta el ingreso de las personas se expanden también sus aspiraciones, con lo que pueden empañar o anular completamente todo incremento remunerativo en términos de bienestar. Entre otras muchas, son las técnicas de marketing y las películas de TV las que estimulan estos cada vez mayores apetitos, por lo que los logros económicos generalmente quedan muy retrasados respecto a aquellos.
En quinto lugar podemos nombrar la hipótesis de la ‘adaptación hedónica’, de acuerdo a la cual las personas rápidamente se ajustan a nuevas circunstancias, con lo que poco después de gozar de sus incrementados ingresos –lo que inicialmente aumenta su bienestar- vuelven al ‘estado inicial de satisfacción’. En los trabajos empíricos esto también se ha comprobado para quienes ganan –para bien- la lotería o para quienes –para mal- pierden a un ser querido o se divorcian. Obviamente no siempre la ‘readaptación’ es perfecta; pero, en general, parecería que a la larga la gente ‘se acostumbra a todo’. Sexto: a medida que aumenta el producto nacional de una economía, se generan también una serie de ‘externalidades negativas’, ya que aumentan la urbanización y la aglomeración, la polución y la congestión, la soledad y el desamparo, etc. Con lo que los aumentos de ingreso no necesariamente compensan esos ‘daños’ del medio ambiente económico o social.
Más grave aún es que, finalmente, a medida que aumentan los ingresos, o precisamente porque nos esforzamos por tener cada vez más, se reduce el ‘consumo’ de lo que los economistas denominan ‘bienes relacionales’. En efecto, en ese afán se reducen nuestras relaciones con los amigos, el tiempo que tenemos para nuestros hijos y para el ocio, el desarrollo de hobbies y demás actividades que contribuyen a la ‘buena vida’.
Para terminar, por supuesto que toda esta temática nos lleva a muchas otras interrogantes espinosas, al margen de los problemas ligados a la metodología y las diversas técnicas para ‘medir’ el bienestar y la felicidad. Baste señalar una, que ya han tratado de responder vanamente muchos autores geniales: ¿En qué clase de civilización y de países desarrollados viven esas personas, en las que cada día aumenta más la producción, la productividad y los ingresos, pero el bienestar personal de la gente se mantiene prácticamente constante e incluso disminuye? ¿Está en la naturaleza del ser humano que nunca está satisfecho o es un problema del sistema económico que no contribuye a cubrir las necesidades axiológicas y existenciales de esos ciudadanos? En nuestros países subdesarrollados en cambio, aunque nadie niega la importancia del crecimiento económico en sí, nos preguntamos: ¿Vale la pena enrumbarnos a ese tipo de alta ‘civilización’, que tanto nos apetece y que parece llevarnos a un ‘fin de la historia’ deleznable? Al margen, por supuesto, que el planeta no podría sostener para toda la humanidad el nivel de vida que hoy gozan los que viven en las economías desarrolladas. Dejamos las respuestas para entretenimiento de nuestros amigos filósofos.
[1] Ya existe un texto que recoge gran parte de las contribuciones sobre la materia: Bruno Frey y Alois Stutzer, Happiness and Economics: How the Economy and Institutions Affect Human Well-Being. Princeton University Press, 2003.

Más que un profesor, un investigador y un reportero, Jürgen Schuldt es una persona con grandes ideales y una gran voluntad. A continuación, compartirá con nosotros una vida llena de experiencias y aventuras. 
