viernes, junio 23, 2006

Crecimiento económico y felicidad personal

Si usted revisa la relación estadística existente entre el crecimiento del ingreso por habitante y el grado de satisfacción con el nivel de vida de que gozan las personas en los países desarrollados a lo largo de las últimas décadas se encontrará con una sorprendente paradoja. En efecto, mientras que el ingreso y el consumo promedio de los habitantes de esas economías se multiplicaron varias veces durante ese lapso, el índice de bienestar percibido por ellos se ha mantenido prácticamente constante, en que este último se mide en base a sofisticadas encuestas que preguntan, entre otros, por su nivel de “satisfacción con la vida que llevan” o directamente por su autopercepción de bienestar o felicidad.

A fin de ilustrar este curioso fenómeno, que en la literatura especializada se denomina ‘paradoja de la felicidad’, presentamos los casos empíricos de EEUU y de Japón en el periodo de posguerra, tal como figuran en los diagramas I y II, respectivamente. En lo que a nuestro gran vecino del norte se refiere, se observa que el ingreso aumentó en tres veces, pero el índice de bienestar autopercibido se mantuvo relativamente congelado en torno a un cierto nivel, con ciertos quiebres e incluso con una tendencia declinante. El caso japonés es aún más radical, ya que sus ciudadanos septuplicaron su ingreso promedio en tres décadas, pero su ‘satisfacción con la vida que llevan’ a duras penas se mantuvo a un nivel muy parejo. Lo que evidentemente exaspera a muchos economistas ortodoxos, para quienes siempre ha sido evidente que ‘más es mejor’; es decir, a mayores niveles de ingreso, mayores serían también los niveles de ‘utilidad’ o bienestar que se alcanzan, si bien a tasas decrecientes.

¿Cómo explicar semejante contradicción aparente? Para dar una respuesta nos remitiremos a la gigantesca literatura que en torno a esta materia ha surgido sobre este tema en décadas recientes, en lo que ya viene convirtiéndose en una rama particular de la ciencia económica, denominada rimbombantemente ‘Economía de la Felicidad’, de la que no solo participan eminentes economistas, sino asimismo otros especialistas, especialmente sociólogos y psicólogos (uno de los cuales ha ganado un Premio Nóbel en Economía, precisamente por sus investigaciones en este novel campo). Expondremos muy simplificada y hasta simplistamente algunos de los argumentos más significativos que se han dado a ese respecto[1].

Una primera hipótesis que manejan algunos de estos autores es la del ‘umbral’, de acuerdo a la cual, cuando el ingreso por habitante alcanza un cierto nivel (que se estima entre US$ diez o quincemil por año), la ‘felicidad’ de las personas ya no aumenta. Es decir, técnicamente hablando, la utilidad marginal es nula, lo que significa que –una vez que poseemos un cierto nivel relativamente elevado de ingresos- cualquier aumento ya no contribuiría a incrementar nuestra satisfacción psicológica. Otro planeamiento es el de quienes arguyen con mucha razón que, más que el ingreso actual, a las personas les interesa su trayectoria, de manera que si ese se mantiene constante, el bienestar no aumenta o incluso puede caer. Peor aún, si el ingreso actual cae respecto al pasado, evidentemente el efecto se potencia aún más, dadas las expectativas ‘automáticas’ que abriga la gente de que los aumentos en el ingreso personal deben ser sostenidos y permanentes en el tiempo.

En tercera instancia, hay quienes se refieren a la importancia del ‘ingreso relativo’. Afirman que las personas no se fijan tanto en su ingreso (o consumo) absoluto, sino en el que tienen respecto a sus ‘grupos de referencia’, con lo que su bienestar puede disminuir si alguno de ellos (compañeros de trabajo, vecinos o estratos de mayores ingresos), tiene un nivel de vida económico cada vez más alto respecto al suyo propio. Como se trata de promedios cuando nos referimos a los ingresos a nivel nacional, no se toma en cuenta la distribución del Ingreso Nacional, con lo que muy bien podría ser –como de hecho se ha dado en el caso de EEUU- que ella haya tendido a una mayor desigualdad, por lo que la gente se siente más descontenta por ese ‘efecto demostración’.

También se sustenta con solidez, en cuarto lugar, el argumento de acuerdo al cual, a medida que aumenta el ingreso de las personas se expanden también sus aspiraciones, con lo que pueden empañar o anular completamente todo incremento remunerativo en términos de bienestar. Entre otras muchas, son las técnicas de marketing y las películas de TV las que estimulan estos cada vez mayores apetitos, por lo que los logros económicos generalmente quedan muy retrasados respecto a aquellos.

En quinto lugar podemos nombrar la hipótesis de la ‘adaptación hedónica’, de acuerdo a la cual las personas rápidamente se ajustan a nuevas circunstancias, con lo que poco después de gozar de sus incrementados ingresos –lo que inicialmente aumenta su bienestar- vuelven al ‘estado inicial de satisfacción’. En los trabajos empíricos esto también se ha comprobado para quienes ganan –para bien- la lotería o para quienes –para mal- pierden a un ser querido o se divorcian. Obviamente no siempre la ‘readaptación’ es perfecta; pero, en general, parecería que a la larga la gente ‘se acostumbra a todo’. Sexto: a medida que aumenta el producto nacional de una economía, se generan también una serie de ‘externalidades negativas’, ya que aumentan la urbanización y la aglomeración, la polución y la congestión, la soledad y el desamparo, etc. Con lo que los aumentos de ingreso no necesariamente compensan esos ‘daños’ del medio ambiente económico o social.

Más grave aún es que, finalmente, a medida que aumentan los ingresos, o precisamente porque nos esforzamos por tener cada vez más, se reduce el ‘consumo’ de lo que los economistas denominan ‘bienes relacionales’. En efecto, en ese afán se reducen nuestras relaciones con los amigos, el tiempo que tenemos para nuestros hijos y para el ocio, el desarrollo de hobbies y demás actividades que contribuyen a la ‘buena vida’.

Para terminar, por supuesto que toda esta temática nos lleva a muchas otras interrogantes espinosas, al margen de los problemas ligados a la metodología y las diversas técnicas para ‘medir’ el bienestar y la felicidad. Baste señalar una, que ya han tratado de responder vanamente muchos autores geniales: ¿En qué clase de civilización y de países desarrollados viven esas personas, en las que cada día aumenta más la producción, la productividad y los ingresos, pero el bienestar personal de la gente se mantiene prácticamente constante e incluso disminuye? ¿Está en la naturaleza del ser humano que nunca está satisfecho o es un problema del sistema económico que no contribuye a cubrir las necesidades axiológicas y existenciales de esos ciudadanos? En nuestros países subdesarrollados en cambio, aunque nadie niega la importancia del crecimiento económico en sí, nos preguntamos: ¿Vale la pena enrumbarnos a ese tipo de alta ‘civilización’, que tanto nos apetece y que parece llevarnos a un ‘fin de la historia’ deleznable? Al margen, por supuesto, que el planeta no podría sostener para toda la humanidad el nivel de vida que hoy gozan los que viven en las economías desarrolladas. Dejamos las respuestas para entretenimiento de nuestros amigos filósofos.



[1] Ya existe un texto que recoge gran parte de las contribuciones sobre la materia: Bruno Frey y Alois Stutzer, Happiness and Economics: How the Economy and Institutions Affect Human Well-Being. Princeton University Press, 2003.

Fuente: El Comercio: 25 de junio, página B3.

miércoles, junio 21, 2006

¿«Crecimiento empobrecedor» en América Latina?

A partir de la 'década perdida' y, sobre todo, desde los años noventa del siglo pasado, los gobiernos latinoamericanos en general y el peruano en particular creen haber encontrado la fórmula mágica para remontar su condición de subdesarrrollo. Para lo que nos han llevado de regreso al estilo de 'crecimiento hacia afuera' que caracterizó nuestras economías desde la Colonia hasta muy entrado el siglo XX, básicamente como consecuencia de la aplicación del doloroso recetario del Consenso de Washington, jalonado por la demanda global y sustentado en ventajas comparativas estáticas. Lo que se ha ido materializando en una aparentemente avanzada modalidad de acumulación de exportaciones tradicionales modernizadas y 'no tradicionales' sencillas, en cuyo marco se han incrementado y diversificado nuestras exportaciones, gracias a la atracción masiva de inversión extranjera directa.

En esa creencia, aparentemente sabia, nuestros gobernantes están incurriendo en una clásica 'falacia de composición', ya que abrigan la ilusión de que todos los países subdesarrollados que se vienen globalizando pueden crecer paralelamente en forma sólida, estable y sostenida basándose en el aumento de ese tipo de demandas por parte de los demás países, especialmente de los más desarrollados. Lo que ciertamente era válido para los primeros que se acoplaron a la 'nueva' división internacional del trabajo, como fuera el caso de los 'tigres asiáticos'. Pero, en la medida en que prácticamente todos los países periféricos han adoptado el mismo camino, ese proceder está conduciendo amenazadoramente al conocido 'crecimiento empobrecedor', al que hacía referencia Jagdish Baghwati en un célebre artículo de 1958.

En efecto, debido a la dinámica propia de la tan preciada 'globalización', más y más economías y empresas transnacionales radicadas en la periferia del sistema mundial producen tipos similares de exportaciones, con lo que la competencia se torna cada vez más aguerrida, para beneficio de los consumidores. Pero, a nuestro entender, ésta es apenas una victoria pírrica para quienes hoy pueden comprar esas mercancías cada día más baratas y para los países que han logrado balanzas comerciales positivas. Porque en ese proceso la oferta está creciendo más aceleradamente que la demanda, en que además ésta se irá desplazando cada vez más hacia las economías más competitivas ubicadas en las regiones orientales, tanto de Europa como de Asia, ahogando la producción 'no tradicional' de nuestro subcontinente. Lo que ciertamente no llegan a entender nuestros economistas ortodoxos, puesto que siguen creyendo descaminadamente en la Ley de Say, de acuerdo a la cual toda oferta crea su propia demanda, con lo que ambas siempre estarían en equilibrio. En la práctica, sin embargo, a la larga esa sobreoferta a escala global, no sólo deteriora los precios de lo que exportamos, sino que desemboca en una sobrecapacidad productiva, que será más evidente cuando la demanda global se reduzca agudamente, lo que sucederá -más temprano que tarde- en cuanto EEUU ajuste con seriedad sus enormes desequilibrios fiscal y externo.

En esta carrera infernal entre las empresas que producen bienes similares es evidente que su principal preocupación consiste en aumentar desesperadamente su 'competitividad internacional', lo que desafortunadamente sucede en forma espuria y, por tanto, perjudicial para nuestro propio desarrollo interno. Las 'medidas' más comunes que se adoptan a ese respecto son conocidas: reprimir los salarios reales (en el mejor de los casos) y los sindicatos (en el peor de los sentidos), contratar a quienes cobran menores remuneraciones (mayoritariamente mujeres y jóvenes, incluso niños), alargar e intensificar la jornada de trabajo, flexibilizar el mercado laboral, ignorar el pago de horas-extra, recortar beneficios sociales, gratificaciones, vacaciones y demás 'sobrecostos' laborales; sobreexplotar los recursos naturales no renovables y desconocer los costos conexos del deterioro medioambiental; recortar al mínimo las funciones del Estado, en vez de reformarlo; devaluar del tipo de cambio más allá de la paridad, abaratando exageradamente nuestros productos en el extranjero; y asegurar que la política tributaria se base principalmente en impuestos indirectos, más que en los que se cobran sobre los ingresos, la propiedad y las ganancias. Lo que no es otra cosa que -técnicamente hablando- una suicida 'competencia de fondo de pozo' entre las economías globalizadas y pasivamente TLC-adictas.

Pero los efectos perversos adicionales de tal estrategia extrema a nivel internacional son aún mayores que los que derivan de la sobreoferta generalizada y la consecuente deflación global que nos amenaza, especialmente porque el proceso viene generando un conflicto aparentemente invisible entre los trabajadores de los sectores manufactureros de los países subdesarrollados con los de los desarrollados, lo que tenderá a reforzar las medidas proteccionistas de estos últimos, que ya han ido in crescendo durante el último lustro por la presión ejercida eficazmente por los lobbies correspondientes. Peores aún son sus conocidos efectos perversos a escala nacional: porque esta modalidad de acumulación exportadora 'fácil' de mercancías nos hace extremamente dependientes de los ciclos económicos de las economías centrales; porque las fuerzas endógenas que desencadena dejan de lado la expansión paralela del mercado interno que podría darse a través de cadenas productivas y transferencias de excedentes; porque la producción generalmente es de enclave o de ensamble y porque nos estamos especializando en bienes de baja tecnología y de rendimientos decrecientes a escala, sin preocuparnos por la adaptación e innovación tecnológica y, mucho menos, por el desarrollo científico propio. Lo que, en la práctica, conduce a mayores niveles de subempleo, informalidad y deterioro de la de por sí desigual distribución del ingreso y la riqueza, con lo que crecen variedades patológicas de exportaciones no tradicionales, tanto aquellas derivadas de la coca y la amapola, como las de 'cholos baratos' y de cerebros costosísimos. De esta manera el 'modelo' genera una serie de círculos viciosos que nos eternizan en equilibrios malsanos o 'trampas de la pobreza'.

Por supuesto que, a pesar del panorama exageradamente pesimista trazado aquí, porque tampoco estamos hablando de un 'medio milenio perdido', no hay motivo para la desesperación, porque las soluciones están a la mano para cambiar responsablemente el rumbo de la mayoría de países latinoamericanos. Apenas falta la voluntad política para adoptarlas desde hoy, aun sabiendo que sólo habrán de fructificar en una o dos generaciones. En cambio, sería lamentable que, una vez más, sólo se realicen ciertos cambios para que nada cambie, como diría el viejo Lampedusa.

Fuente: diario Gestión, Lima 21 de junio de 2006

Reproducido en La Insignia

domingo, junio 18, 2006

Travesuras de unas niñas malas

Es impresionante el número de reseñas que ha merecido "Travesuras de una niña mala", la graciosamente triste novela más reciente de nuestro futuro premio Nóbel, así como las de otras obras premiadas o menores de la literatura peruana. En cambio, en lo que a las ciencias sociales concierne, es poco lo que la prensa acostumbra difundir y mucho lo que busca ocultar, especialmente cuando los textos palpan alguna fibra sensible de nuestra sociedad. Un caso ilustrativo a ese respecto es el ninguneo del excepcional libro "La mano invisible en el Estado" de Francisco Durand, profesor peruano de ciencia política en la Universidad de Texas.

El intento de silenciarlo es comprensible, ya que versa sobre las no siempre invisibles relaciones incestuosas existentes entre el Estado y las poderosas empresas multinacionales (acompañadas por ciertos capitales nacionales desvanecientes), esas niñas traviesas que ingresaron al país a lo largo de los últimos tres lustros. A la luz de las cuales las travesuras de la gélida niña mala de MVLL resulta ser apenas una nena de pecho; y no sólo por lo que el autor nos relata en torno a la pérfida corrupción, voracidad y rentismo que han campeado en materia de privatizaciones y concesiones, licitaciones y arbitrajes, recompra de papeles de la deuda externa y rescates bancarios, entre otras fechorías que delatan el carácter mercantilista de nuestro bamba-liberalismo.

Si bien pululan los estudios económicos y sociológicos sobre las más variadas patologías de la sociedad peruana, pocas veces se llega a un análisis concienzudo de sus determinantes y causas más profundas. ¿Cómo pueden entenderse nuestros lacerantes problemas si no se conocen los vericuetos del poder económico en el Perú actual? Más aún ¿cómo comprender la lógica de las decisiones de política económica y las reformas institucionales que adopta un gobierno, cómo la dinámica sociopolítica del país, cómo las peculiares relaciones externas, sin un conocimiento de lo que Durand denomina la "nueva clase corporativa"? De ahí que sus cuestionamientos también estén dirigidos a los politólogos, porque la suya es "una línea de investigación que mire a la político no solo como una cuestión de régimen y ciudadanía, sino como un sistema que está determinado en forma compleja pero efectiva por las nuevas estructuras del poder económico nacional e internacional".

A ese respecto, el autor traza "el nuevo mapa de poder post reforma neoliberal", en que enfatiza "el rol de dos actores centrales, los grandes empresarios y la familia neoliberal (intelectuales orgánicos, tecnócratas o técnicos y políticos), considerando tanto la rama nacional como la internacional, y su impacto sobre el proceso político y el sistema político peruano". Esa cúpula del gran poder económico se modificó en ese breve lapso, transfiriéndola de los agonizantes "12 Apóstoles" (grupos de poder económico familiares peruanos) a una docena de empresas multinacionales y latinoamericanas (privadas y estatales), como consecuencia de las reformas estructurales y de política económica ortodoxas de los años noventa. Esa nueva alianza ha capturado, no sólo el Estado, sin mayores contrapesos, sino también a importantes medios de comunicación, encuestadoras, consultoras empresariales, universidades, fundaciones y estudios de abogados. Con lo que se ha convertido en el "actor político privilegiado", por poseer "niveles de acceso e influencia de los cuales no goza ningún otro grupo de interés, estrato o clase social" y, aún más, que le permite "empujar la reconfiguración del resto de la pirámide social". De donde se tiene que "se trata de una mano invisible en el Estado que otorga favores y privilegios y que luego, una vez obtenidos, tiende a mantenerlos a toda costa", asumiéndolos como "derechos adquiridos". Afortunadamente, gracias a los vladivideos (y a algunas investigaciones congresales), muchas de esas manos non sanctas perdieron su transparencia fantasmal desenmascaradas por fajos de billetes de las arcas fiscales y del narco y armastráfico.

Esta desnacionalización de la economía, el rol subordinado que ahora desempeña el capital nacional y la concentración económica a que ha dado lugar, que no tiene precedente en el país, se ha constituido en el "nuevo centro gravitacional de la sociedad peruana", en que estas "grandes corporaciones son islas de prosperidad en un mar de pobreza".

Y es aquí donde asoma la irreverente intromisión del autor en las tranquilas conciencias de las cúpulas del poder (y de los científicos sociales 'orgánicos'). Porque, como bien lo dice, "el tema de 'los que mandan' les resulta incómodo a los defensores del neoliberalismo, aunque cabe recordar que en el pasado criticaron al populismo por ser 'mercantilista' y armar 'coaliciones de intereses' que medraban del Estado. Hoy se han olvidado de dicha crítica porque ocupan el poder y quieren mantenerlo y justificarlo, más que explicarlo". Con lo que, contra lo que pronosticaban los economistas ortodoxos, el proceso de apertura y liberalización "ha contribuido a acentuar en lugar de cerrar el déficit de entrepreneurship nacional"; lo que Durand atribuye, tanto a la debilidad históricamente intrínseca del capital nacional y a su incapacidad de adaptarse al shock competitivo (especialmente en el caso de las empresas familiares que eran dominantes antes de la era neoliberal), como a las crisis sucesivas que lo terminaron de desangrar.

Sin embargo, acota Durand, el problema del paradigma neoliberal y su esquema de 'desarrollo' es que, si bien "podrá tener hegemonía, pero le es difícil adquirir legitimidad en parte por el rol secundario y poco activo del factor empresarial nacional que no le da sustento y no le permite consolidarse". Más aún, ya que "el divorcio entre elites y masas se fue acentuando" en los años noventa, el dominio neoliberal irrestricto solo puede sostenerse "porque ha ocurrido una concentración de actores en la cúpula y una dispersión de actores en la base. Permite una gerencia de conflictos sociales. Se trata de una estrategia de bomberos que, mientras tengan fuegos aislados en la base, pueden apagarlos efectivamente... en tanto no se incendie toda la pradera".

La relevancia que esto tiene para el próximo gobierno es evidente: necesariamente tendrá que negociar con (¿someterse a?) esa cúpula de niñas malcriadas y no necesariamente contará con las bases organizadas tan necesarias para solventar sus proyectos de cambio. Porque el autor reconoce muy bien que, ante la conmoción sociopolítica y económica que generaron las reformas neoliberales, "las fuerzas que toman la iniciativa en la crítica y la oposición por sí misma no garantizan una capacidad de gobierno bajo nuevas orientaciones. Las principales limitaciones son que: a) no existe aún un paradigma alternativo que sea y parezca viable, b) ocurre una fuerte atomización de fuerzas políticas y de organizaciones populares que no logran converger por un mismo cauce (unos actúan en el Congreso, otros en la calle, sin mayor coordinación), y c) se nota la ausencia de partidos y líderes políticos que representen orgánicamente esas aspiraciones".

En suma, el libro de Durand es de lectura obligatoria y de información e interpretación básica para entender el cambiante presente y para pronosticar el caliginoso futuro de la economía política del Perú. Habrá que estar atentos para seguir, paso a paso, los desplantes y dislates que las niñas traviesas puedan seguir cometiendo en la aventura (¿tragicómica?) que habremos de experimentar en los próximos años con el flamante nuevo gobierno que ha prometido un 'cambio responsable' que seguramente terminará en un continuismo irresponsable.

Fuente: Perú 21, 18 de Junio de 2006

Reproducido en La Insignia.

viernes, junio 16, 2006

Conversando con los Estudiantes

Conversando E-Mail

"Si pertenezco al 5% de la clase que se beneficia del crecimiento del Perú, tengo que pensar qué pasa con el 95% restante"

ImageMás que un profesor, un investigador y un reportero, Jürgen Schuldt es una persona con grandes ideales y una gran voluntad. A continuación, compartirá con nosotros una vida llena de experiencias y aventuras.

escribe: Martín Rostagno / fotos: Pamela Girano


La pregunta obligada es, ¿por qué estudió economía?

Mi padre quería que yo estudiase administración; sin embargo, nunca me gustó. En esa época, se estudiaban las carreras de administración y economía de manera conjunta en la Universidad del Pacífico. Pero me decidí por la segunda.

Por qué escogió la Pacífico

Cuando terminé 5º de media, mi padre me dijo: "O te vas a trabajar o te vas a Alemania". Yo decidí irme a Alemania. Luego de estar en el internado, comencé a estudiar en la Universidad de Hamburgo los cursos iniciales, pero tenían un mínimo de 1000 alumnos y yo como buen criollo me sentaba en la última fila. Hubiera necesitado largavista para ver al profesor, ¡era una tribuna! Mi padre captó eso y pensó que era una forma de jalarme de vuelta al Perú. Me dijo: "Hay una universidad chiquita que te va a gustar porque no hay más de 25 alumnos por aula". Es así como terminé estudiando aquí.

Cómo fue su experiencia en la Universidad del Pacífico como alumno

Recuerdo que con varios alumnos, como el profesor Fernando González Vigil, nos reuníamos a debatir sobre el Perú todas las semanas. También había muchos profesores muy buenos, entre los cuales recuerdo a dos profes que nos marcaron a toda la promoción de por vida. Uno era el profesor de Teología y de Moral: el Padre Erasmo. Él venía y preguntaba de qué querían hablar ese día. Tenía la capacidad de hacer esas preguntas todas las clases e igual cumplía con el programa. El otro que nos dejó con la boca abierta fue el profesor de Metodología de la Investigación y el Desarrollo. Manfred Maxneff. Él nos abrió los ojos. Cada clase explicaba cuál era la teoría y cuáles eran los efectos en la vida real.

Lo más importante de la Universidad, lo que me marcó, fueron las prácticas. En esas épocas existía la Cooperación Popular, inventada por Belaunde. Se trataba de mandar a los estudiantes a la sierra durante las vacaciones a trabajar en comunidades campesinas. Caritas ofreció a cuatro estudiantes de la UP irse a Puno. Ahí nos pasamos las vacaciones conversando con la gente y armando cooperativas. Obviamente contrastábamos lo que habíamos aprendido en Economía con el comportamiento de los campesinos. Para mí fue una experiencia maravillosa.

El problema lo tuve a partir del segundo año. En el 65' mi padre dijo: "Nos vamos del Perú porque este país no tiene futuro". Pero yo estaba en segundo año y decidí quedarme. Entonces, me quedé sin financiamiento. Felizmente los compañeros de la clase se turnaron y me invitaron a sus casas. Viví de casa en casa hasta terminar la carrera y con ellos recorrí muchos departamentos del Perú durante las vacaciones. La tesis sí la tuve que hacer en una pensión, pero ya hacía unos cachuelitos para mantenerme.

¿Cuál es la razón de su interés en la economía del desarrollo? ¿No cree que es muy idealista en nuestro contexto?

Siempre me fascinó. Lo que pasa es que cuando hay crisis la gente se preocupa del corto plazo, ustedes son expertos en ese tipo de análisis: tipo de cambio, tasa de interés, qué se yo... En cambio, en mi época no había problema, la economía había estado creciendo a tasas altísimas (60-64) y la bonanza macroeconómica era buena; nos interesaba el largo plazo. También, me marcaron mis experiencias en provincias y en las zonas más pobres. En las barriadas y en las comunidades campesinas, lo que nos interesaba era saber cómo eliminar la pobreza, la mala distribución del ingreso y cómo evitar esa sobre concentración de la riqueza en Lima. Respecto al idealismo, es una marca de por vida. Tú dices ¿cómo resuelvo el problema de la gran mayoría acá? Si pertenezco al 5% de la clase que se beneficia del crecimiento del Perú, tengo que pensar qué pasa con el 95% restante.

¿Alguna vez se trató de vincular a la política para lograr este fin?

No, nunca. Muchas veces he recibido ofertas de diferentes partidos, pero no las he aceptado. Recuerdo que durante el gobierno de García, su asesor económico, Daniel Carbonetto, me contactó. Estaba buscando un reemplazo y mis artículos sobre las políticas económicas del gobierno le habían interesado. Me pidió hablar personalmente con García, pero no acepté su propuesta. Ya era demasiado tarde para evitar la crisis. Creo que siempre traté de influir a través de mis publicaciones y artículos en los periódicos. Ideológicamente, siempre he estado cerca de algún partido. Pero nunca he participado directamente en uno.

¿No se siente decepcionado si los políticos no toman en cuenta sus propuestas?

Yo creo que sí se puede influir en el periodismo. Siempre traté de escribir sobre economía en el periódico. En el 79' yo me metí a un ínter diario que sí estaba permitido, a diferencia de los diarios privados que habían sido restringidos. Cada dos días iba al periódico para que no me atrapen los militares. También a fines de los ochentas, publiqué un artículo titulado "Hacia la Hiperinflación en el Perú" y la conclusión del texto era que era imposible que hubiese hiperinflación en el Perú porque un Gobierno no puede ser tan bruto. Lamentablemente para el Perú, me equivoqué... (risas).

Además, influyes a traés de la docencia; no es mucho, claro, sobre todo ahora con la tendencia hacia la economía neoliberal, pues cada vez que hablas del estado la gente ya se está imaginando distorciones e ineficiencias. Aparte que la edad ya es una distancia considerable entre profesor y alumno.

¿Qué recuerda de sus primeras experiencias como docente?

Cuando regresé de la maestría, había una fuerte tendencia de izquierda marxista, hasta había dos cursos de Economía Política. Me acuerdo de una frase: "Esta es la única universidad en la que los alumnos son más conservadores que los profesores". Al inicio, me dediqué a la microeconomía, me fascinaba. Sin embargo, a la semana vino el Jefe del Departamento y me dijo: "Compadre, ¡no te entienden absolutamente nada! Usas mucha mate". En esa época, las matemáticas eran elementales, ustedes se reirían si les enseñara eso. Además, con el tiempo me he dado cuenta de que existe una especie de ciclos en la calidad de los alumnos. Hay promociones de mentes brillantes y otras que no destacan mucho.

¿Estamos dentro del ciclo a la alta o baja?

Yo creo que a la... alta (risas).

¿Hay algo en la docencia que lo llame para mantenerse enseñando durante todo este tiempo?

La docencia me llama pero más me llama la investigación. Ese es mi hobbie. Lo que pasa es que luego de egresar, varios compañeros y yo tomamol la decisión de que teníamos que hacer un postgrado y regresar a la UP para aumentar aún más el nivel. Efectivamente, cinco terminamos regresando. Creo que aún continúo con ese compromiso.

¿Cómo ve la tendencia de la enseñanza actual de la UP?

A mí lo que me parece excelente es la parte cuantitativa, todo lo que es estadística, matemáticas, econometría. Pero el problema es que la gente no lee literatura, no tiene cultura general, no llega a formarse realmente en las otras ciencias sociales.

¿Qué otras aficiones tiene?

De chiquillo mi hobbie era correr olas a pecho en la herradura y eso lo mantuve hasta hace unos años. En ese entonces jugaba también seis horas diarias de tenis, lo que me llevó a tener una doble corvatura en la columna que me mandó al hospital como cinco veces. Yo comencé a los 9 años y participaba en campeonatos. Era súper deportista, eso era lo que me salvaba en el internado alemán, ser el mejor en los deportes, porque en alemán me jalaban (risas).

¿Cuántos idiomas domina?

No domino... ni siquiera el castellano (risas). Entiendo el francés, alemán, castellano, inglés, italiano y portugués. En macroeconomía dictaba con el Basha (un libro en portugués), entonces le daba a los pobres muchachos 88 palabras y con eso entendían todo el libro. Se van a encontrar a muchos ex alumnos que se acuerdan del profe que les enseñaba Basha.

¿Qué planes tiene a futuro?

Bueno, supongo que retirarme y tal vez empezar mi autobiografía (risas). En realidad me gustaría seguir apoyando a la Universidad hasta los setenta años

¿Mantiene aún hoy ese idealismo que tenía de joven?

Sí, igualito. El problema de muchos es que la frustración que se siente al ver lo poco que se progresó durante épocas, puede volverte cínico.

¿Cómo ha podido mantener la fe?

Investigando, viendo cómo cada proyecto fracasaba y por qué fracasaba. Por eso me fascina tanto hacer pronósticos. ¿Qué va a pasar con este gobierno? ¿Qué va a fallar o qué no?


Fuente: Boceto (revista de los estudiantes de la Universiad del Pacífico),
año V, no. 18, junio 2006; pp. 24-29.

domingo, junio 11, 2006

Términos de Intercambio y Subdesarrollo

Las relaciones comerciales entre el Perú y el resto del mundo consisten básicamente en la exportación de recursos naturales y la importación de bienes manufacturados, lo que no es nada nuevo desde la Colonia. Hoy en día, los beneficios de ese intercambio son evidentes, en la medida en que generan divisas y, en menor medida, porque crean empleo y difunden el progreso técnico. Lo que olvidamos al resaltar esas ventajas es la relación asimétrica que se genera entre nuestra economía y la de los países desarrollados, dado que en ese proceso de generan una serie de patologías que nos mantienen en el subdesarrollo.

Uno de esos diversos maleficios rige en el largo plazo: la tendencia decreciente de los términos de intercambio (TI), lo que nos obliga a exportar cada vez más mercancías para obtener una misma cantidad de importaciones. Utilizaremos aquí la definición más sencilla para calcular los TI, un índice que mide la relación existente entre nuestros precios de exportación (Px) y de importación (Pm). El adjunto Gráfico I muestra, para el periodo de postguerra (1950-2005), esa relación, que es claramente descendente, llegando a caer prácticamente en 80% en ese lapso, a pesar de los aumentos del último cuatrienio. En la práctica esto quiere decir que hoy día tendríamos que exportar una cantidad equivalente a casi el doble para alcanzar los mismos ingresos por unidad de hace 55 años. Más impresionante aún es la colosal volatilidad de los TI (Gráfico II), que también nos perjudica en tanto lleva a fluctuaciones erráticas del tipo de cambio, los ingresos fiscales, el empleo y otras variables claves de la economía.

Como es sabido, esa tesis del deterioro de los TI fue fundamentada teórica y empíricamente para América Latina por Raúl Prebisch (1901-1985) y Hans Singer(1910-) en 1950. Desde entonces surgió una miríada de trabajos en torno a la materia, sin que se llegara a conclusiones contundentes, tanto por las cambiantes metodologías de cálculo, como –curiosamente- por los intereses y la ideología que una ‘teoría’ como ésta conllevan. En efecto, muchos creen –hasta ahora- que debido a esa hipótesis de la caída de los TI Prebisch propuso la ‘industrialización’ o ‘desarrollo desde dentro’ en América Latina. Y como nuestros buenos economistas y políticos nunca leyeron a Prebisch, lo culpan a este ‘Keynes latinoamericano’ y sobre todo a la CEPAL de todos nuestros males desde el fracaso de la industrialización por ‘sustitución de importaciones’ en los años setenta.

Sin embargo, Prebisch fue muy claro al señalar desde un principio –lo que hay que recalcar, dadas las interpretaciones simplistas o interesadas de su enfoque- que “la industrialización de América Latina no es incompatible con el desarrollo eficaz de la producción primaria. (...). Necesitamos una importación considerable de bienes de capital y también necesitamos exportar productos primarios para conseguirla” (1950/1961). Más aún, señalaba explícitamente que no se debía sobreconcentrar los esfuerzos en el desarrollo de la industria manufacturera. De ahí que para él la industrialización y el progreso técnico en la producción primaria fueran aspectos complementarios de un mismo proceso, “en el que la industria juega un rol dinámico, no solo porque induce el progreso técnico en las actividades primarias y en otras, sino también en nuevas actitudes estimuladas por el desarrollo industrial” .

Debe notarse, por tanto, que Prebisch era muy consciente que en ese proyecto no se podía descuidar el desarrollo agrícola (más tecnificado), lo que es patente cuando se refiere a su propio país, Argentina: “Este país ha seguido una política muy errada de tratar de estimular la industrialización en detrimento de la agricultura, en vez de promover un crecimiento balanceado de ambos”; en que, incluso postulaba el “incremento de las exportaciones por medio de la mecanización y otros avances técnicos en la agricultura” (ibid.). También era plenamente conciente de que la protección de la industria debía tener límites cuantitativos y temporales estrictos. Reconociendo los problemas concretos que afrontaban ya entonces ciertos paises de la periferia, advertía en 1959 que “(...) en algunos casos la protección indiscriminada y masiva avanzó mucho más allá del punto óptimo, a costa del deterioro serio de la exportaciones y el comercio mundial”. También advertía que debía evitarse que “se exagere en tal forma el desarrollo industrial, que la actividad agrícola se vea privada de los brazos que necesita para seguir aumentando las exportaciones” (1950/1961: 18). Por añadidura, si bien era necesaria una “protección selectiva” (preferentemente a través de aranceles), había que asegurarse de “no exagerarla para evitar la ineficiencia” (1959).

En pocas palabras, los planteamientos de Prebisch fueron bastante más equilibrados de lo que se piensa: contemplaba ya en los años cincuenta la necesidad de fomentar las exportaciones primarias y la paralela modernización agropecuaria, así como las exportaciones ‘no tradicionales’. No cabe, por tanto, la simplista interpretación de su pensamiento como una ramplona ‘sustitución de importaciones’ y, mucho menos, como un proceso de desarrollo ‘autárquico’. Parece mentira que hasta el día de hoy haya economistas de prestigio que se refieran a su esquema integrado de desarrollo como una ‘autarquía’. Jamás y ni de lejos nos aproximamos a Corea del Norte o a Albania en ese sentido. Se ignora ingenuamente que la ‘cerrazón económica’ latinoamericana fue –en la práctica- muy selectiva y se centró básicamente en bienes finales y materias primas industriales sencillas (a través de aranceles, cuotas y tipos de cambio múltiples) y que paralelamente estaban totalmente abiertas, tanto para las importaciones de materias primas, maquinaria y equipo, como para la inversión extranjera.

En tal sentido no se siguieron las instrucciones de Prebisch y ahora estamos transitando precisamente por la vía que él recusaba con toda razón. Porque, en efecto, desde los años noventa hemos regresado al modelo primario-exportador extremo y excluyente, lo que nos mantiene en un equilibrio económico anómalo o ‘trampa de la pobreza’, porque -como ya lo señalaba sabiamente Singer en 1950- “parece que los países subdesarrollados se encuentran ante el peligro de precipitarse entre dos sillas: no logran industrializarse en un boom porque las cosas son tan buenas como son, y no logran industrializarse en una recesión porque las cosas son tan malas como son”.

Fuente: El Comercio, junio 11, 2006; p. B3. Facsímil.

También disponible en La Insignia

miércoles, junio 07, 2006

Descentralización y Profesionalización

Hoy en día los egresados universitarios deben elaborar una tesis para obtener el Titulo Profesional (Licenciatura), laborioso trabajo que termina generalmente apolillándose en las bibliotecas de sus Facultades. A pesar de la valía de la investigación correspondiente es poco lo que contribuye al desarrollo de las ciencias, del país e incluso del propio graduando. Ad portas de un nuevo gobierno, que se ha comprometido al cambio responsable, es mucho lo que podrían contribuir los jóvenes egresados a ese proceso. En tal sentido, ¿por qué no pensar en la implementación de un programa voluntario que aglutine a futuros profesionales de diversas especialidades, regiones y universidades para que realicen o apoyen proyectos que permitan cubrir la infinidad de necesidades educativas, administrativas, económicas y sociales que requieren las más paupérrimas y distantes comunidades de la llamada modernidad?

Baste leer cualquier programa de gobierno para determinar que sus propuestas son absolutamente inviables si se contara solo con el escaso personal proveniente de la burocracia o del sector privado, por más dinero que se tenga. Si no se involucra masivamente al estudiantado recién egresado (e incluso los que se quieren graduar después de haber realizado un postgrado en el país) todo quedará en quimera, al margen del importante papel que en ese sentido ya vienen desempeñando ONGs, iglesias, grupos de base, fundaciones y otras instituciones del ‘Tercer Sector’.

¿Qué tipo de trabajos tendrían que realizar? Ejercitémonos, a manera de ilustración, con la miríada de proyectos que prometió el APRA en su campaña electoral, limitándonos apenas a algunos aspectos relacionados con la descentralización, referidos en su resumen ejecutivo del ‘Plan de Gobierno, 2006-2011’ (incisos 58 a 70). De ahí se pueden colegir las diversas responsabilidades que podrían asumir nuestros egresados, de las que solo enumeraremos unas cuantas relacionadas con el proceso: “Poner en marcha un Programa de Capacitación y Asistencia Técnica a los gobiernos descentralizados para mejorar su capacidad de gestión administrativa y de captación de tributos, en alianza con las universidades”; “Promover el desarrollo de circuitos turísticos y corredores de exportación, y facilitar las cadenas de producción y la conformación de conglomerados de productos y servicios”; “Iniciar la implementación del Programa Sierra Exportadora, incluyendo proyectos de forestación y reforestación en los suelos de la sierra no aptos para la agricultura”; “Fomentar el acceso al crédito, formalización y asociación de los productores en los niveles regional y local, particularmente para la micro, pequeña y mediana empresa”; “Promover la generación de productos innovadores en base a la biodiversidad y riqueza cultural del país”; entre muchos otros.

El trabajo sería multifacético, en la medida en que exigiría realizar trabajos de diagnóstico socioeconómico, obras de ingeniería civil, educación de mandos medios, organización de cooperativas, investigación biológica, diseño de planos y programas, etc. Por lo que tendría que ser realizado por equipos multidisciplinarios, con la participación de bachilleres de las facultades de administración, agronomía, biología, comunicación, contabilidad, economía y las más diversas ingenierías. A los que acompañarían sociólogos y antropólogos, para facilitar el acceso a y la participación de las comunidades. Necesariamente, de cuando en vez, los catedráticos de la Facultades de origen tendrán que supervisar el avance y calidad de la labor de sus pupilos.

Parte del financiamiento podría ser cubierto por los ingresos que ciertos distritos, provincias o regiones que cobran canon y regalías. De donde se desprende un proyecto adicional para nuestros egresados, ya que –como se sabido- muchos dineros de ese origen (el año pasado ascendieron a unos US$ 400 millones) no se desembolsan porque los perfiles de proyectos no se elaboran adecuadamente (a criterio del SNIP, cuya importancia sigue siendo fundamental a nuestro entender). Con lo que los gobiernos regionales contarían con egresados de primera, a quienes tendrían que pagarle el salario mínimo y facilitarles un modesto albergue y una gratificante alimentación, en vez de gastar sumas astronómicas en ‘expertos’ que no siempre lo son. En este caso los egresados tendrían que elaborar, sobre todo, perfiles o los proyectos de factibilidad de inversión local. Labor que podría hacerse extensiva a algunas actividades conexas a los proyectos de inversión propiamente tales como: el dictado de cursos de evaluación de proyectos al personal de las municipalidades; la elaboración de un plan de desarrollo distrital o provincial concertado (con iniciativas y presupuesto participativos), tarea que es absolutamente indispensable para disponer de una visión de conjunto de la zona y de una propuesta de desarrollo en la que se pueda enmarcar –según la prioridad- cada proyecto de inversión; el seguimiento del proyecto en materia de compras, la asignación adecuada de los recursos y demás.

A cambio de un trabajo en estas labores y una vez aprobado el proyecto y el desembolso del dinero, el graduando podría obtener –después de doce meses de dedicación exclusiva- su licenciatura, maestría o doctorado, seguramente después de una sustentación pública ante un jurado de su Facultad de origen. Por añadidura se beneficiarían, en el sentido que la experiencia los marcaría de por vida, por la experiencia práctica que adquirirán en zonas ‘áridas’ y su interacción con equipos pluridisciplinarios, por su reconocimiento y compleja adaptación a otras costumbres, por las lecciones que derivarían de la sabiduría ancestral de nuestros pueblos, por las perspectivas futuras de becas y trabajo que se le abrirían. Las ventajas para los pueblitos perdidos del ande o la selva serían múltiples, aparte de poder aprovechar productiva y transparentemente el dinero que les corresponde.

En pocas palabras, lo que estamos proponiendo no es nada nuevo. Sencillamente se trata de un programa que podría adaptarse perfectamente al marco establecido por el ‘Servicio Civil de Graduandos’ (SECIGRA), que ya posee una extendida trayectoria en el país: desde que fuera incluido en la Ley General de Educación del gobierno militar, pasando por el vigente Servicio Rural y Urbano Marginal de Salud (SERUMS), hasta llegar al SECIGRA-Derecho. Naturalmente en este caso sería multi-disciplinario, multi-institucional y multi-universitario, aparte de que priorizaría su ejecución en las zonas más pobres del país.


Fuente: Gestión, junio 7, 2006; p. 15. Facsímil.