jueves, agosto 31, 2006

Minería: Apuntes sobre el Aporte Extraordinario

Ha sido una muy grata noticia que el gobierno haya llegado a una sensata negociación con los empresarios mineros en torno a sus ‘aportes voluntarios’ para la lucha contra la pobreza. Lo que debió ser un impuesto a las sobreganancias, dadas las dificultades jurídicas y de tiempo-costo que habría contraído establecerlo, se ha convertido en un ‘tributo implícito’ por las ganancias extraordinarias que vienen obteniendo las mineras como consecuencia de la temporal bonanza internacional de sus precios. Dedicaremos unas líneas a este complicado tema, que incluso viene confundiendo a muchos políticos, economistas y periodistas generalmente bien informados, al margen del intimismo con que se ha llevado a cabo la negociación.

Lo primero que muchos no llegan a entender es lo que se entiende por ‘ganancias extraordinarias’ y porqué el aporte solo lo tendrían que pagarlo las empresas mineras, por lo que conviene diferenciar entre los diversos tipos de ‘sobreganancias’. Una variedad proviene del lado de la oferta, la que resulta de sustanciales aumentos de la productividad que reducen los costos, dando lugar a utilidades excepcionales bien merecidas, gracias al ingenio empresarial. Otra modalidad deriva de aumentos en los precios, por la acelerada expansión de la demanda por una determinada mercancía, debido a aumentos en el ingreso de la población u otros factores, en cuyo caso también es sensato que el empresario se embolsique toda la sobreganancia.

Pero hay un tercer caso, el que nos interesa aquí, en que también aumentan los precios por la expansión de la demanda y/o la restricción de la oferta, pero en que se trata de mercancías que son recursos naturales no renovables, con renta diferencial y que son propiedad de la Nación. En este caso, la lluvia de maná debe compartirse entre las empresas que explotan ese ‘capital natural’ con la ciudadanía, lo que no afecta la ganancia ‘normal’ de las gallinas de los huevos de oro. De donde se tiene que sería absurdo quererle cobrar este aporte a los bienes y servicios que tienen algún otro tipo de ganancias excepcionales, tales como las que obtienen exitosos abogados, acróbatas, agricultores, anticuarios, anticucheras, apicultores, asaltantes, artistas y demás aes, hasta llegar a las zetas. No se trata, pues, de una ‘colecta nacional’.

Como es sabido, entre gallos y medianoche, pocas horas antes de la presentación inaugural del Gabinete ante el Congreso, se llegó a clarificar dos puntos esenciales del oscuro acuerdo. Primero: Como lo ha señalado el principal negociador de los mineros, se aplicará una tasa del 3,75% sobre las utilidades netas de las empresas, básicamente de las grandes (aquellas que explotan más de US$ 120 millones anuales de mineral). Segundo: Las mineras que pagan regalías (entre las que solo se encuentran dos grandes) aportarán solo la parte que rebasa a esa cifra y nunca más del 3% de sus ganancias. De ambos se desprende que serían 2.500 millones de soles los que aportaría una treintena de empresas mineras durante el quinquenio entrante, pagaderos en partes iguales. De esta manera, el primer día laborable del próximo año los mineros cancelarían 500’ de soles, lo que –por simple regla de tres- nos llevaría a concluir que –ceteris paribus- este año las ganancias netas del ramo serían de 13.333 millones de soles o US$ 4.100 millones para este año. Después del aporte, las espectaculares ganancias netas (US$ 3.946’) sobre las ventas (cerca de US$ 12.500 millones) caerían apenas, de 32,8% a 31,6%; cifras impresionantes, que por lo demás están subvaluadas ya que hemos considerado todas las exportaciones mineras.

Pero como Mefisto acostumbra guarecerse en los pliegues de las minas, son muchos aspectos esenciales los que se disiparon en la neblina limeña de estos días o que sencillamente son conceptualmente erróneos, seguramente por la excesiva buena voluntad del gobierno, más que por el apuro por dar a conocer este ‘plato fuerte’ en el Parlamento. Un primer error, el más garrafal, consiste en el acuerdo de cobrar una tasa fija del 3,75% sobre todas las ganancias netas, cuando el aporte-impuesto debió aplicarse solo a las ‘sobreganancias’, las que pueden calcularse en base a diversos métodos bien conocidos. Segundo: como consecuencia de lo anterior, los negociadores del gobierno entraron en trompo, porque obviamente los que pagan regalías se quejaron, con lo que les dieron el inmerecido descuento mencionado. Es decir, se confundió el origen de los conceptos de ‘regalía’ y ‘sobreganancia’, que son absolutamente independientes entre sí; porque, como es sabido, el primero se paga como contraprestación por la explotación de un recurso natural no renovable y el segundo por razones coyunturales de bonanza externa de esos derivados de nuestro capital natural. Luego: ¿por qué habría que darle una rebajita a los que pagan regalías? Si de equidad se tratara, a todas las mineras se les obligaría a pagar regalías; con todo derecho además, si en este país se respetaran las decisiones del Tribunal Constitucional, a no ser que se siga insistiendo que las regalías son un impuesto o que son un atropello a ese cajón de sastre que es la ‘estabilidad administrativa’. Todo lo que podría conducir a la sospecha de que el gobierno ‘negoció’ el aporte a cambio de dejar de ‘molestar’ a las empresas que no pagan regalías.

Tercero: con toda tranquilidad el premier anunció que las mineras pagarán 2.500 millones de soles en el quinquenio. Cabría preguntarse si posee una bola de cristal que tiene el don de trazar con milimétrica precisión los precios de las materias primas del mercado mundial y las ganancias de las empresas por un tiempo tan prolongado. Encima, también los mineros parecen tener una copia de esa milagrosa bola, ya que le han prometido al gobierno que invertirán US$ 10.000 millones en ese lapso, independientemente de sus keynesianos animal spirits. Cuarto: como para tapar el faux pas de antemano, el ministro del ramo ha señalado que si los precios bajan eso “será materia de conversación”. Quinto: Lo antedicho significa que cada año habrán nuevas negociaciones, interminables arreglos y engorrosos ajustes, para intranquilidad no solo de los mineros, sino muy particularmente para los beneficiarios de los aportes. Sexto: A pesar de que se dice que la contribución se estableció sobre las ganancias netas, a renglón seguido se señala que no están claras “las condiciones por las cuales el aporte desaparecería, como podría suceder en caso de una reducción brusca en los precios de los metales”. De manera que aquí se vuelve a filtrar una confusión, delatando que los propios negociadores –a pesar de siete semanas de diálogo- no tienen claro si el aporte por sobreganancias se determina en función a las utilidades o a un precio base real encima del cual se pagaría. A falta de espacio y de información más precisa, próximamente tendremos la oportunidad de comentar otros aspectos, cuando se aclaren los detalles que conoceremos cuando el gobierno firme el acuerdo-marco con las mineras y, sobre todo, a no ser que se mantengan en secreto, cuando se divulguen los compromisos que asumirá cada una de las empresas contribuyentes del sector.

Versión resumida: "Los aportes extraordinarios de la minería", en Gestión, setiembre 1, 2006; p. 14.

miércoles, agosto 16, 2006

¿Recesión en EEUU? Echando Leña al Fuego


El pobre desempeño de la economía norteamericana durante los últimos meses no parece ser motivo de mayor preocupación para la Reserva Federal y la banca de inversión norteamericanas, quienes consideran que los tremendos déficit gemelos (fiscal y externo) se resolverían paulatinamente en base a políticas económicas domésticas y negociaciones internacionales que permitirían un aterrizaje dúctil. En su defensa habría que decir que les pagan precisamente para mantener las expectativas y la confianza de los inversionistas y la población. No piensa igual un grupo de los más influyentes economistas norteamericanos, entre los que se cuentan Bradford DeLong, Martín Feldstein, Paul Krugman, Michael Mussa, Robert Reich y Nouriel Roubini. Según estos académicos, cual pirómanos y concientes que “pronosticar una recesión es un juego de locos”, la economía norteamericana estaría camino a una recesión de proporciones hacia fines de año o inicios del próximo, argumentando incluso que –con cierto retraso y por contagio- podría llevar a una crisis global. Ya que en el país estamos enfrascados exclusivamente en nuestros problemas internos y sin ánimo de asustar a nadie, creemos que es hora de poner atención en la delicada coyuntura económica norteamericana, de discutir el panorama mundial y de calibrar sus posibles repercusiones sobre nuestra economía, a la vez que se adoptan las previsiones necesarias frente a una eventualidad tan peligrosa y aparentemente no tan remota. Apenas ensayaremos una breve síntesis de algunos de los planteamientos de los autores mencionados (ver: www.rgemonitor.com/blog/roubini/).

En efecto, algunos indicadores significativos ya estarían confirmando los pronósticos pesimistas, en tanto la super-economía, que explica el 20,4% de la producción mundial (a precios de paridad), se viene desacelerando, a la vez que viene aumentando la inflación doméstica. Después de que el Producto Interno Bruto (PIB) creciera al 5,6% en el primer trimestre (T-1) de este año, su tasa se desplomó al 2,5% en el T-2 (se esperaba un 3,2%) y, en la proyección más negativa, se estima que será cero en el cuarto trimestre (mientras oficialmente se sigue creyendo que ascenderá al 3%) y comenzaría a ser negativa a partir del primer trimestre del próximo año (siempre respecto al mismo periodo del año anterior), con lo que sería más grave que la experimentada durante el año 2001. No sorprende, por tanto, que hayan comenzado a caer los niveles de empleo en la construcción residencial y en el comercio minorista.

Son varios los factores que han actuado en esa dirección. Uno tiene que ver con la burbuja inmobiliaria sobre la que se sustentó el fuerte crecimiento económico de los últimos tres años, pero que se está desinflando como consecuencia de las alzas de la tasa referencial de interés de la Reserva Federal, cuyo impacto actúa con un retraso de entre 6 y 9 meses, con lo que recién se está sintiendo el incremento que la elevó de 1% a 4%, pero aún falta sentir el que ejercerá la suba al 5,25%. De ahí que la inversión en viviendas residenciales cayera 6,3% en el trimestre pasado y que caería aún más (en 10-15%) en lo que resta del año, con lo que también los ingresos y el empleo se vienen deteriorando, levemente por el momento. Ligado a esto y con la caída del valor de los inmuebles, también ha disminuido el consumo privado (que representa el 70% del PIB), tanto por el efecto riqueza, como porque la capacidad de endeudamiento familiar se ha recortado y el peso del servicio del sobre-endeudamiento de gran parte de las capas medias ha aumentado sustancialmente. De ahí que: el gasto en bienes de consumo duraderos (especialmente de automóviles y de aquellos ligados a vivienda) haya descendido en medio por ciento en T-2; la inversión en equipo y software declinó en 1% en ese periodo; el gasto de consumo del gobierno apenas creció en 0,6%; las importaciones de bienes de consumo e inversión vienen creciendo a tasas menores; los inventarios crecen, como consecuencia de la reducción de las ventas, que aumentaron apenas 2,1%; etc.

Un segundo factor que indica en la misma dirección es, obviamente, el alza de precio del petróleo que no tardará en llegar a los US$ 80 por barril y que, si se desataran más ‘choques geoestratégicos’ o de la naturaleza, podría llevarlo US$ 100, que es equivalente al nivel máximo real que alcanzara en enero de 1980. Este proceso aumentaría los costos, comprimiendo la oferta agregada, alimentando peligrosamente un espiral inflacionario, lo que puede ser reforzado por los mayores precios de las mercancías importadas, como consecuencia de la devaluación que se procesaría a ritmos crecientes, debido al déficit fiscal de Bush y del endeudamiento masivo con China. Lo que puede dar lugar a una inmanejable ‘estancflación’, fenómeno tristemente célebre de la década de los años setenta.

En tercera instancia, la inflación llevaría a incrementar el precio del crédito (las tasas activas de interés), con lo que se comprimiría aún más el consumo y la inversión privada. Lo que nos lleva al dilema que enfrenta actualmente el directorio de la Reserva Federal, entrampado entre la suba de la tasa federal para evitar la aceleración inflacionaria y su baja para evitar la recesión. El pasado día 10 de este mes decidió no moverla, pero es muy posible que la reduzca en alguna de sus próximas reuniones, en setiembre o, en el peor de los casos, en noviembre. Lo que solo aumenta la incertidumbre. Y es que, al decir de Brad DeLong, “la maleta de trucos macroeconómicos” del FED se ha vaciado, a diferencia de la década de los noventa en que hubo espacio para aplicar políticas para reactivar la economía, generando el globo tecnológico y la ‘exhuberancia irracional’ de entonces, y en lo que va de este quinquenio en que la reactivación se sustentó en la burbuja inmobiliaria. Pero, tal parece, hoy en día no existirían burbujas que inflar.

Existen, así, varios indicios de que pueda darse una recesión a inicios del próximo año. La pregunta siguiente, que dejamos para una próxima entrega, consiste en evaluar si la gripe norteamericana se transformará en pulmonía para el resto del mundo, llevando o no a un tsunami global. A este respecto hay quienes consideran que se daría un descalabro mundial y quienes estiman que habría una ‘desconexión’ del resto del mundo, cuyo crecimiento continuaría sostenidamente, alentado por los motores de la UE, China, Japón y los Tigres Asiáticos, con lo que economías como la nuestra no se verían tan afectadas si se desatara la recesión norteamericana.


Fuente: Gestión, agosto 16, 2006; p. 15.

lunes, agosto 07, 2006

¿Aportes extraordinarios por ganancias extraordinarias?

El presidente ha acertado en su mensaje al afirmar que "en los últimos años los precios de los minerales han aumentado mucho en el mercado mundial y esto no podían anticiparlo ni el Estado peruano ni las empresas, que no esperaban una ganancia tan grande. Entonces, si las empresas ganan más por esta situación, que no depende de su propia tecnología y competitividad, es justo que esa ganancia deba beneficiar algo más al país". Si bien durante la campaña electoral prometió, como los demás candidatos, un impuesto a las sobreganancias, parece que se acaba de enterar de que las grandes mineras gozan de contratos de estabilidad tributaria, por lo habrá que dejar de lado esa propuesta que, en el extremo, podría llevar al cierre de cuentas del Estado en el extranjero. De ahí que sea necesario "lograr una mayor contribución sin generar un conflicto jurídico nacional e internacional por el que perdamos una inversión mayor comprometida por 24.000 millones de dólares para los próximos cinco años. Aquí está la necesidad del pragmatismo que Haya de la Torre planteó y al mismo tiempo la defensa clara de los intereses nacionales, ¡sin dar marcha atrás en ellos!".

En efecto, dado que se trata de ganancias que, más que por el esfuerzo genuino de los empresarios, son maná que cae del cielo y viene con el viento que trajo la bonanza de los precios internacionales de los minerales (los llamados windfall profits en inglés), cabe preguntarse: ¿cómo se determinaría ese 'algo más'? ¿sería fijado a ojo por el gobierno, a voluntad de cada minero, por un tira y afloja entre ambos o sobre la base de algún criterio más 'objetivo'? Si eso no se tiene claro, ¿cómo van a negociar el primer ministro y el de Energía y Minas con las empresas mineras para llegar a un acuerdo sensato? Nada se ha dicho sobre esta materia, que habría sido interesante que se ventilara públicamente por parte del responsable de la cartera.

Ya que la próxima semana se iniciarán las negociaciones, también cabe preguntarse en base a qué factores se determinaría el aporte derivado de las sobreganancias. Si no se poseen estos criterios, la concertación podría terminar en la oferta de unas cuantas postas médicas, escuelitas y caminitos. Por lo que será necesario escoger, algo más técnicamente, entre las múltiples modalidades existentes para establecer el aporte. Una primera podría estar basada en el criterio del diferencial de precios, considerando implícitamente una ganancia 'normal'. En este caso, se cobraría la aportación en base a la diferencia existente entre el precio de mercado y el precio 'normal' o base (ajustados por la inflación). Otro sistema se basaría en las ganancias, en que se determinaría el aporte (de 30, 40, 50 o más por ciento) en función al nivel que ellas alcancen por encima del promedio de utilidades operativas reales del último trienio, quinquenio o decenio. Finalmente, podría determinarse una tasa 'normal' de ganancia (sobre el capital), fijando las contribuciones en base a los excesos sobre esa tasa (digamos que, razonablemente, sea del 17%). Por supuesto que la negociación será larga y compleja, dado que las mineras no quieren pagar siquiera su aporte 'ordinario' (3%) de las regalías que les toca (cuya validez fuera confirmada por el Tribunal Constitucional en abril del año pasado), como contraprestación por la explotación del 'capital natural'. Y bien lo ha reconocido así el presidente, al señalar que que "no nos olvidemos que la explotación minera liquida un activo y que necesitamos recursos con los que construir otro sector -agrícola o industrial- que sustituya el activo liquidado".

Obviamente los empresarios y sus abogados argumentarán que debe haber simetría en este asunto. Es decir que, cuando bajen los precios y las empresas comiencen a ganar menos que la tasa 'normal' de ganancia (o, incluso, si tienen pérdidas), debería otorgárseles subsidios o exoneraciones o créditos tributarios. Argumento que, sin embargo, no tiene base económica seria, ya que se trata de una rama económica que explota recursos naturales no renovables, parte de nuestro valioso y escaso capital natural. En cuyo caso, si los precios bajan tanto, aunque suene absurdo, debería dejar de explotarse la materia prima o se la debe almacenar, como reconoció en su momento el propio FMI cuando estableció la denominada 'facilidad de existencias reguladoras', por medio de la cual otorgaba préstamos para que los países pudieran guardar sus metales para tiempos mejores (y para que no bajen aún más los precios). Por lo demás, tratándose de un activo no renovable sería absurdo exportarlo a precio-huevo, más aún cuando nuestros nietos y tataranietos aún no han nacido o no tienen poder de voto en el mercado; esa clásica 'falla de mercado' que habría que tener en cuenta para que ellos puedan gozar de una riqueza natural tan preciada en el futuro. Pero tampoco se trata de matar a la gallina de los huevos de oro. Se tienen que mantener los incentivos adecuados para la minería, pero equilibrándolos con la necesidad de salvaguardar nuestros recursos no renovables para las futuras generaciones.

Como lo expresara el presidente, cada ciudadano estará pensando lo mismo en estos días: "Espero, señor primer ministro, que esa negociación tenga buenos resultados", lo que es de esperarse, ya que, como también dice el mensaje, que "por eso hemos iniciado una mesa de conversación y negociaciones con las grandes empresas mineras que son concientes de la grave situación política y social del Perú, (por lo que) ese diálogo debe conducirnos a un aporte extraordinario de las empresas mineras". Estas también están advertidas: "Es preferible conceder algo más, en vez de correr el riesgo de perderlo todo por la conmoción social. O ganan los pobres o lo perdemos todo en medio de esta conmoción". Entonces, así como los mineros mueven montañas de rocas, ojalá que también el temor -digo, la solidaridad- pueda mover montañas de aportes.

Fuentes: La Insignia y Perú.21, agosto 7, 2006; p. 10.

miércoles, agosto 02, 2006

Elogio a la Cordura

Entre las muchas formas de lectura e interpretación del Mensaje del 28, la más práctica consiste en encontrarle la lógica económico-política subyacente, entresacando del discurso los intereses específicos que pretende servir y las alianzas concretas que busca tejer el gobernante de turno, según lo expresado, lo implícito, lo negado o lo ignorado en su transcurso. Desde esta perspectiva particular, se desprende claramente el intento de soldar una magna alianza con los poderosos intereses foráneos que influyen sobre o que están radicados en el país, desde las empresas transnacionales, pasando por los organismos financieros internacionales, hasta los principales gobiernos del norte y algunos de los vecinos. Se trata, por tanto, de un intento bastante más ambicioso que el que se intentara infructuosamente con los 12 Apóstoles hace veinte años. Las inversiones masivas que así se atraerían, así como los recortes y reasignaciones del gasto público, permitirían aumentar el empleo y ampliar el impacto de las políticas sociales. Sería, por tanto, un proyecto económico-político muy realista y consistente para alcanzar el ansiado 7% de crecimiento económico y la sustancial reducción de la pobreza, lo que aseguraría la precaria paz social y la amenazada seguridad ciudadana.

Las señales que se le han dado al gran capital privado, especialmente al extranjero, no pueden ser más claras, contra toda promesa de campaña y en concordancia con una centro derecha moderna, como si la ciudadanía hubiese votado por Lourdes. Las noticias para las empresas transnacionales son de festejo. No se tocaron temas candentes –que figuraron en primera plana durante la campaña electoral- como el TLC (que se aprobará ‘línea por línea’), ni las privatizaciones y concesiones (para las que aún habría espacios), ni la reforma tributaria integral (que hubiera incidido más en los impuestos directos que en los indirectos), ni los impuestos a las sobreganancias (para evitar arbitrajes internacionales que perderíamos), ni el cambio de la Constitución (que permitiría renegociar los contratos de estabilidad tributaria y administrativa), ni la insistencia para que todas las empresas mineras paguen regalías, entre otras. Esos silencios tranquilizan aún más a los privilegiados si se piensa en la gran confianza que irradian y la calidad técnica que poseen los ministros nombrados, por lo menos en los tres críticos ramos de Economía y Finanzas, Producción, y Comercio Exterior y Turismo, que también habría elegido Lourdes. A lo que se añaden, finalmente, las primeras medidas concretas del Gabinete: la creación del Comité de Coordinación de Política Fiscal y las sanciones severas a los funcionarios públicos que no cumplan con la ley de responsabilidad y transparencia fiscal. En pocas palabras, se han dado las señales correctas y las medidas concretas para tranquilizar al ‘mercado’, tanto para reducir aún más el ‘riesgo país’, aunque pueda aumentar el riesgo social, como para asegurar una marcha segura al tan ansiado ‘grado de inversión’, aunque pueda ocurrir a costa del ‘grado de satisfacción’ de la población.

¿Cómo entender este viraje radical de un presidente socialdemócrata? De una parte, evidentemente, para acceder al poder hay que maximizar votos, lo que obliga a hacer promesas que los aseguren; una vez que se llega al poder, las cosas cambian y el ‘pragmatismo’ campea. A este respecto, a nuestro mandatario se le ha vendido la idea que solo con la expansión de la inversión extranjera directa (IED) y las exportaciones se puede sacar al país del marasmo, dado que serían los motores de propulsión para generar empleo y comprar paz social, como lo señalaba también el gobierno anterior. Y para eso alguien, aparentemente no muy bien intencionado, le ha soplado el dato de que ya están comprometidos US$ 24.000 millones de inversión foránea. Esa extraordinaria suma, de ser válida, convence a cualquiera del realismo de esa alianza, por lo que sería absurdo espantar a la gallina de los huevos de oro y que es lo que explica porqué a la IED se la trató como al pétalo de una orquídea. Lo que, además es consistente con “la necesidad de pragmatismo que Haya de la Torre planteó” .

Desafortunadamente la cifras de “más de 20.000 millones de inversión concertada” con el capital foráneo es ilusoria y no sabemos de donde sale. No solo el sentido común nos dice que se trata de una magnitud descaminada, porque deriva de una proyección pasiva (que asume que las condiciones internacionales de precios se mantendrán como ahora), sino que los datos de que disponemos sobre los proyectos en cartera para el quinquenio, tal como los diera a conocer Gestión (julio 17, 2006; p. 17), apenas llegan a US$ 10.300 millones (8.000’ para la minería y 2.300’ del petróleo); parte de la cual, por lo demás, seguramente se levantará en el mercado doméstico de capitales. Los restantes US$ 14.000’ quién sabe de qué manga vendrán. De otra parte, si revisamos la Balanza de Pagos, observamos que durante el último quinquenio la IED fue de US$ 8.311 millones (incluidas las privatizaciones), que equivalen a un promedio anual de US$ 1.700’, frente a los US$ 4.800’ por año que se esperarían ilusamente hasta el 2011. Más aún, lo que se olvida es que la IED, con todo derecho, remite utilidades al extranjero (e intereses por su deuda externa), las que van creciendo con el tiempo y exponencialmente a medida que maduran: el año pasado llegaron a la asombrosa cifra de US$ 4.211’, muy por encima de lo que ingresó al país por IED (US$ 1.818’). Lo que significa que, aunque indudablemente contribuyen a expandir nuestras exportaciones primarias, no permiten una sostenibilidad de nuestra balanza de pagos. Y el día que los mercados mundiales se caigan, señales de las cuales ya llegan desde EEUU, nos preguntaremos porqué no adoptamos a tiempo medidas para encadenar esos procesos a la economía interna, que todos sabemos que es un mercado mucho más estable, no tan sujeto a la volatilidad de la economía mundial. Pero este tema de la importancia de expandir el mercado doméstico quedó al margen, para lo que hubiera tenido que plantearse la necesidad de establecer políticas sectoriales específicas, incentivos concretos para generar encadenamientos productivos, medidas redistributivas y similares.

Por lo demás, el Mensaje trae muchas muy buenas ideas (y otras no tanto) para afrontar con seriedad el problema de la pobreza, aunque aquí tampoco las cifras son muy alentadoras para cubrir lo prometido, como habrá oportunidad de expresarlo en alguna otra oportunidad. En todo caso queda clara la racional división del trabajo al interior del Gabinete, que para muchos se caracteriza por una aparente esquizofrenia, dada su heterogénea composición y que podría llevar a renuncias fulminantes, más temprano que tarde. En todo caso, en teoría, mientras los ‘técnicos’ (ideológicamente neoclásicos) se encargarían de asegurar los incentivos para expandir la inversión extranjera y las exportaciones, los miembros y simpatizantes del partido (ideológicamente heterodoxos en tiempo y espacio) contribuirían a implementar las medidas para asegurar la paz social (y las elecciones de noviembre). Los primeros se ocuparán de la responsabilidad (fiscal), los segundos del cambio (¿para que nada cambie?), con lo que se lograría el prometido ‘cambio responsable’.

Fuente: La Insignia; versión levemente recortada: Gestión, agosto 2, 2006.