Para fines de ilustración, revisando únicamente las cifras de las cotizaciones de los tres principales metales que exportamos, tomando en cuenta los últimos cincuenta años, podemos observar que las mayores ganancias unitarias de los mineros se dieron en los más variados años, en los que fueron bastante mayores a las que derivaron de las más recientes alzas de precios, que se iniciaron poco antes del 2002 luego del bajón cuatrienal de 1998 a 2001. El cobre, oro y zinc representan el 64% de nuestras exportaciones tradicionales, siguiéndole en importancia el molibdeno, el plomo y la plata en lo que va del año.
Precisando, los gráficos adjuntos nos permiten observar la evolución de los precios nominales y reales en US$ (con base en el año 2000) del cobre, oro y zinc desde 1950, en que la línea gruesa horizontal marca el promedio para todo el periodo. Los precios del 2006 se refieren a un promedio del primer semestre. Lo primero que observamos es el carácter extremamente errático de estas commodities, por lo que será necesario pensar en un Fondo de Estabilización (tipo Alaska o Noruega), que nos permita guardar pan para mayo, el que debe ser complementado –como ya viene haciéndose rudimentariamente- con esquemas pro-mercado de administración de riesgos (futuros, forwards, swaps, opciones y similares). En segundo lugar, queda claro que no hay propiamente una correlación entre los precios de los principales metales, excepto la ligazón tenue que se ha dado durante los últimos veinte años y aquella que se observa entre el oro y la plata. Tercero, los altos precios que se consignan hoy en día para nuestros principales metales aún se encuentran por debajo de los auges espectaculares de periodos anteriores, como el del oro entre 1980 y 1990 o el del cobre entre 1965 y 1974.
Lo que nos lleva al candente debate que se viene desarrollando en estas últimas semanas en torno a las denominadas sobreganancias mineras. Como es sabido, parte importante de estas utilidades extraordinarias del sector minero se debe al ímpetu explorador y al riesgo que han asumido las empresas, así como a las innovaciones tecnológicas que han adoptado en el transcurso de la última generación, por lo que está plenamente justificado que se las apropien las empresas correspondientes. En cambio, se considera que las ganancias que provienen de la excepcional bonanza internacional –que no tienen nada que ver con el esfuerzo empresarial- deberían estar sujetas a un impuesto. Dado que esto no es posible, hasta que no se modifique la Constitución o se renegocien los contratos de estabilidad tributaria, el gobierno ha adoptado la vía de la búsqueda de ‘aportes voluntarios’, que se supone deberían equivaler a ese impuesto a los ‘windfall profits’.
La gran pregunta, sin embargo, que es lo que explicaría la demora en la presentación del acuerdo marco para fijar los criterios del ‘óbolo voluntario’ que entregarían cada año los mineros, radica en la dificultad para calcular la sobreganancia. Si bien hay economistas que niegan la existencia de este concepto, no digo porque el vocablo no figure en el Diccionario de la Real Academia de la Lengua, sino porque el mercado se ocuparía de retribuir ‘correctamente’ –independientemente de los precios de corto plazo- a los empresarios con las retribuciones que se merecen y para conseguir un equilibrio adecuado a largo plazo en ese sector económico, pensamos que es un concepto que existe hace tiempo en la teoría económica y que muy bien puede aplicarse a nuestro caso.
El problema radica en el cálculo preciso y los criterios que deben utilizarse para ello. Existen varias modalidades, no todas aceptadas internacionalmente, porque varían según la escuela económica a que pertenecen sus defensores, así como por razones prácticas de cálculo o por disponibilidad de datos. Una primera forma de valuarlas sería determinando las ganancias promedio reales que ha tenido cada empresa durante los últimos 10, 20 o 30 años (dependiendo de cada proyecto), lo que serviría de ‘base’ para aplicar el impuesto cuando aquellas suben por encima de ese guarismo promedio. Un segundo método podría consistir en calcular sus ganancias como porcentaje de las ventas, pero mejor aún de sus activos fijos o su patrimonio (ver Nota adjunta), con lo que el impuesto se cobraría si ese margen rebasa cierto nivel promedio ‘normal’. Tercero: se estimaría una tasa de ganancia mundial de la minería, cálculo que estaría basado en la tasa de interés activa de las empresas corporativas (bonos de largo plazo) del sector minero, a la que se añadiría un 50% (como quería Adam Smith) por concepto de riesgo político y riesgo de producción (minero), lo que nos llevaría a una tasa que estaría entre 16% y 20%, monto a partir del cual se cobraría el mencionado impuesto. Para complicar aún más el cálculo habría que tener en cuenta la necesidad de fijar tasas crecientes (progresivas) de impuesto, dependiendo del monto o porcentaje en que rebasa al nivel ‘normal’.
En pocas palabras, el tema es un hueso duro de roer y tiene una serie de aristas complejas que sería bueno discutir públicamente, en vez de señalar que el impuesto-aporte sería una tasa fija del 3,75% sobre las utilidades netas. Porcentaje misterioso que, por lo demás, nadie parece conocer ni imaginar cómo se llegó a establecer – excepto quizás los negociadores del gobierno y de los mineros.
PRECIOS METALES, 1951-2006


| Fuente: FMI-Estadísticas financieras, Portocarrero et al (1992). BCRP. Elaboración propia. | |||||||
| El precio 2006 corresponde al promedio mensual de Enero a Junio | |||||||
| Año Base: 2000 | |||||||
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Fuente: 'Carlín', en La República, marzo 2, 2008.
