miércoles, octubre 25, 2006

Ciencia Económica: Imperialismo versus Descolonización

En el transcurso de las últimas décadas se han procesado cambios fascinantes en las relaciones entre la Teoría Económica y las demás Ciencias Sociales, que tanto se habían distanciado entre sí de 1870 en adelante como consecuencia de la Revolución Marginalista en economía, liderada por Stanley Jevons, Leon Walras y Karl Menger. Cien años después surgen dos tendencias contrapuestas que aparentemente vienen enriqueciendo los paradigmas, conceptos y métodos que manejaban tradicionalmente los economistas. Para muchos el destino de las malhadadas ciencias sociales vendría determinado por el resultado del soterrado debate entre ambas.

Una de las vertientes, conducida originalmente por el célebre economista neoclásico Gary Becker, fue calificada como ‘Imperialismo Económico’ por el semanario The Economist en 1998, porque había invadido exitosamente campos de estudio que parecían exclusivos de otros científicos sociales. Se trata de una ambiciosa corriente analítica que viene aplicando los conceptos y herramientas básicas de los economistas a prácticamente todos los campos del saber relacionados con el comportamiento humano. Consideran justificada su metodología y propósitos por el hecho de que gran parte de las decisiones y actividades humanas serían de índole mercantil, por lo que los términos esenciales de la teoría neoclásica, tales como los de ‘maximización’, ‘racionalidad’, ‘equilibrio’, ‘eficiencia’, entre otros, tan caros a los economistas, pueden utilizarse con pequeños ajustes para entender el comportamiento de los seres humanos en base a categorías como los costos de oportunidad, ‘trade-offs’ y curvas de oferta y demanda.

De ahí que los economistas hayan ‘exportado’ sus esquemas analíticos a otras disciplinas, que se extienden desde la criminología y el derecho, pasando por la demografía y la epidemiología, hasta llegar a la ciencia política y la sociología. La caja de herramientas del economista es utilizada para entender decisiones que se adoptan en el deporte, las elecciones políticas, la criminalidad, la drogadicción, el sexo y tantos otros temas que aparentemente no son del mètier del economista. Obviamente, en un inicio, como lo reconoce el mismo Becker, este tipo de análisis fue motivo de burla; por ejemplo, cuando argumentó que los hijos debían tratarse como ‘bienes duraderos’, ya que ofrecían servicios como aquellos derivados de un automóvil o una refrigeradora, lo que entonces –en 1980 y ante un auditorio repleto de economistas, demógrafos y sociólogos- desató atronadoras carcajadas. Pero, quizás por eso de que ‘el que ríe último...’, el profesor de la Universidad de Chicago se llevó el Premio Nóbel en 1992. En sus versiones más sofisticadas estos autores han venido ‘colonizando’ y apropiándose de los temas de esas disciplinas –hasta hace poco hermanas distantes- a partir de principios fundados en el microcomportamiento de los agentes económicos, considerando -entre otros- los costos de transacción y las imperfecciones y asimetrías en la información. Y no es extraño que estos economistas participen activa y exitosamente en conferencias sobre demografía, derecho, geografía y similares. Una introducción completa –favorable a esta corriente- la puede encontrar usted en un muy didáctico artículo de Edward Lazear (‘Economic Imperialism’, 1999; http://faculty-gsb.stanford.edu/lazear/Personal/PDFs/economic%20

imperialism.pdf).

La otra corriente, representada paradigmáticamente por el sicólogo Daniel Kahneman (Premio Nóbel de Economía 2002), incorpora variables ‘extraeconómicas’ y complejas técnicas de otras ciencias para potenciar y renovar el análisis económico, tratando de ‘descolonizarlo’. Pero en este caso, a contracorriente del anterior, se viene socavando el edificio teórico-conceptual y metodológico aparentemente tan sólido de los economistas neoclásicos. Estos autores, que no solo vienen de la economía, parten de una serie de comportamientos humanos supuestamente anormales desde la perspectiva del enfoque ortodoxo. Es decir, estudian sucesos que van contra los supuestos fundamentales de los economistas (racionalidad, maximización, eficiencia, soberanía del consumidor y demás), por lo que intentan incorporar variables más realistas y profundas (incluidas las emociones) para enriquecer el análisis económico. Tales errores e ‘irracionalidades’ del ser humano no siempre son marginales, sino que muy bien pueden terminar en desastres macroeconómicos, el más conocido de los cuales es el ‘efecto manada’.

De estas sofisticadas contribuciones han surgido subdisciplinas muy fructíferas, como la economía del comportamiento (liderada por sicólogos, tanto conductistas, como de la tendencia evolucionista), la economía de la felicidad, la neuroeconomía (en que destacan los neurobiólogos), la nueva economía política, la nueva economía institucional y demás disciplinas y ramas ‘nuevas’ del saber, incluida la econofísica (aplicando matemática de redes). En estos campos aún muy dispersos sobresalen autores tan diversos como Richard Thaler, George Akerlof, Colin Camerer, Matthew Rabin, George Akerlof, entre muchos otros. Una visión panorámica de estas polifacéticas y estimulantes corrientes y contribuciones las puede usted rastrear en un ilustrativo y divertido texto de Sebastián Campanario (‘La economía de lo insólito – Los descubrimientos que hoy revolucionan el mundo de los negocios y las políticas de los gobiernos’. Buenos Aires: Planeta, 2005), en cuyo anexo encontrará lecturas ya más técnicas para profundizar en cada una de aquellas. A ese respecto, nuestros lectores empresarios alucinarán con los avances que se han logrado, desde el campo del mercadeo y la publicidad (sobre la base de la neurobiología), hasta el de la administración de personal. Y mucho más en el de las finanzas, como por ejemplo, ¿sabía usted que a lo largo del último siglo los lunes son los días en que las bolsas de valores tuvieron el menor rendimiento y en los meses de enero el mayor? Ahí entenderá también el porqué de estas anomalías y, entre otras joyas, la aparentemente extraña recomendación que cierto banco de inversión hace llegar -en sus informes financieros (sic)- a sus clientes, sugiriéndoles ‘tener más sexo, dormir bien y aumentar la frecuencia de encuentros con amigos’, sustentada por lo demás en minuciosos estudios econométricos.

Personalmente creemos que esta segunda corriente (flexiblemente multidisciplinar), a pesar del mayor atractivo momentáneo de la primera (mecanicistamente unidisciplinar), es la que más éxitos promete a futuro, tanto por su metodología como por la amplitud del enfoque; aunque –como con todo invento- también se corre el peligro que sus resultados puedan ser malutilizados para manipular al ser humano (mismo Gran Hermano orwelliano).

Finalmente, ya pensando en el muy largo plazo -aunque para entonces todos estaremos muertos, como diría Keynes- será necesario volver a intentar la construcción de una ciencia social transdisciplinaria, de validez universal en tiempo y espacio, como lo ensayaran –desafortunadamente abortadas- la Economía Clásica o el propio Marx durante la primera mitad del siglo XIX. A ese respecto, por nombrar un caso, el trabajo de Immanuel Wallerstein (‘Impensar las Ciencias Sociales’) podría ser un valioso -necesariamente ambicioso- punto de partida.

Fuente: Gestión, Lima, octubre 25, 2006; p. 15.

lunes, octubre 16, 2006

Análisis: Precios y Sobreganancias Mineras

"El tema del 'aporte voluntario' es un hueso duro de roer y tiene una serie de aristas complejas que sería bueno discutir públicamente".

De continuar al ritmo del crecimiento actual, nuestras exportaciones totales de bienes, que alcanzaron los US$14.500 millones hasta agosto, tranquilamente podrían llegar a los US$22.000 millones a fines de año. Si nos fijamos en su composición, podemos atribuir ese crecimiento principalmente a nuestra minería, cuyas ventas representan el 59,8% de ese total; y si le añadimos las exportaciones de petróleo y derivados, llegamos a la sorprendente cifra de 68,3%. Somos, pues, como es evidente, un país primario exportador minero-hidrocarburífero, que se he venido beneficiando además por la excelente coyuntura internacional de precios, la que, sin embargo, ya no pinta tan optimista para el futuro. En contraposición, las exportaciones llamadas no tradicionales apenas llegan al 23% del total, muchas de las cuales también son del sector primario o extractivo.

Para fines de ilustración, revisando únicamente las cifras de las cotizaciones de los tres principales metales que exportamos --tomando en cuenta los últimos cincuenta años--, podemos observar que las mayores ganancias unitarias de los mineros se dieron en los más variados años, en muchos casos mayores a los que derivaron de las más recientes alzas de precios, que se iniciaron poco antes del 2002 luego del bajón cuatrienal de 1998 al 2001. El cobre, oro y zinc representan el 64% de nuestras exportaciones tradicionales, siguiéndole en importancia el molibdeno, el plomo y la plata en lo que va del año.

Precisando, los gráficos adjuntos nos permiten observar la evolución de los precios nominales y reales en dólares (con base en el año 2000) del cobre, oro y zinc desde 1950, en que la línea gruesa horizontal marca el promedio para todo el período. Los precios del 2006 se refieren a un promedio del primer semestre. Lo primero que observamos es el carácter extremadamente errático de estas commodities, por lo que será necesario pensar en un fondo de estabilización (tipo Alaska o Noruega), que nos permita guardar pan para mayo, el que debe ser complementado --como ya viene haciéndose rudimentariamente-- con esquemas pro mercado de administración de riesgos (futuros, forwards, swaps, opciones y similares).

En segundo lugar, queda claro que no hay propiamente una correlación entre los precios de los principales metales en ese medio siglo, excepto la ligazón tenue que se ha dado durante los últimos veinte años y aquella que se observa entre el oro y la plata.

Tercero, los altos precios que se consignan hoy en día para nuestros principales metales aún se encuentran por debajo de los auges espectaculares de períodos anteriores, como el del oro entre 1980 y 1990 o el del cobre entre 1965 y 1974.










Lo que nos lleva al candente debate que se viene desarrollando durante estas últimas semanas en torno a las denominadas sobreganancias mineras. Como es sabido, parte importante de estas utilidades extraordinarias del sector minero se debe al ímpetu explorador y al riesgo que han asumido las empresas, así como a las innovaciones tecnológicas que han adoptado en el transcurso de la última generación, por lo que está plenamente justificado que se las apropien las empresas correspondientes. En cambio, se considera que las ganancias que provienen de la excepcional bonanza internacional --que no se deben propiamente al esfuerzo empresarial-- deberían estar sujetas a un impuesto. Dado que esto no es posible, hasta que no se modifique la Constitución o se renegocien seriamente los contratos de estabilidad tributaria y administrativa, el Gobierno ha adoptado la vía de la búsqueda de 'aportes voluntarios', que se supone deberían equivaler a ese impuesto sobre los 'windfall profits', pero que en la práctica parecería que buscan cobrar parte de las regalías que no pagan las empresas con estabilidad.

Debe tenerse presente que las ganancias, como porcentaje del patrimonio, se han elevado a niveles sin precedente en el transcurso de los últimos años. A este respecto, según un estudio realizado por la consultora Price Waterhouse Coopers, sobre la base de los estados financieros de 255 empresas (a diciembre 31, 2005), se concluye que, por sectores, la rentabilidad patrimonial promedio, en orden decreciente, fue de 25,3% en energía y minas; 10,1% en industria fabril; 7,7% en servicios; 7% en comercio; y 4,4% en agropecuario y pesquero. En lo que a nosotros interesa es muy significativo el resultado por el tipo de metal que explotan las empresas mineras, siendo excepcionalmente elevada para los tres principales metales que exportamos: 45,8% las de cobre; 34,1% zinc; 28,1% oro; y 18,1% polimetálicas. De manera que, en todos estos casos habrían sustanciales ganancias extraordinarias, vis a vis las ganancias 'normales' del 18%. Y este año son de esperarse utilidades aun mayores, dadas las espectaculares alzas de precios que se dieran en los primeros trimestres.

La gran pregunta, sin embargo, que es lo que explicaría la demora en la presentación del acuerdo marco para fijar los criterios del 'óbolo voluntario' que entregarían cada año los mineros, radica en la dificultad que entraña el cálculo de las sobreganancias. Si bien hay economistas que niegan la existencia de este concepto, no digo porque el vocablo no figure en el Diccionario de la Real Academia de la Lengua, sino porque el mercado se ocuparía de retribuir 'correctamente' --independientemente de los precios de corto plazo-- a los empresarios con las utilidades que se merecen y para conseguir un equilibrio adecuado a largo plazo en ese sector económico, sabemos que es un concepto que existe hace tiempo en la teoría económica y que muy bien puede aplicarse a nuestro caso.

El principal problema radica en el cálculo preciso y los criterios que deben utilizarse para ello. Existen varias modalidades, no todas aceptadas internacionalmente, porque varían según la escuela económica a que pertenecen sus defensores, así como por razones prácticas de cálculo o por disponibilidad de datos. De todas ellas, estimamos que la más práctica --aunque muy discutible-- consistiría en determinar los precios promedio reales de los últimos 20, 30 o 50 años (como en los gráficos adjuntos) y cobrar un impuesto sobre los que rebasan ese nivel 'normal', adoptando una tasa creciente sobre el margen entre el precio normal y el de mercado, considerando el volumen exportado por las empresas. Otro método, tal como el sugerido en el proyecto presentado por la congresista Gloria Ramos, propone su aplicación al porcentaje en que el precio de mercado excede al precio base, que es el promedio de los precios más altos de los metales de los 10 años anteriores al año para el cual se aplica.

En pocas palabras, el tema es un hueso duro de roer y tiene una serie de aristas complejas que sería bueno discutir públicamente, en vez de señalar que el impuesto-aporte sería una tasa fija del 3,75% sobre las utilidades netas. Misterioso porcentaje que, por lo demás, nadie parece conocer ni imaginar cómo se llegó a establecer, excepto quizá los negociadores del Gobierno y de los mineros.


Fuente: El Comercio, octubre 15, p. B3.

miércoles, octubre 11, 2006

La Paradoja de los Flujos Internacionales de Capital

Cuatro décadas atrás, el gran economista austríaco Fritz Machlup comparaba la exagerada acumulación de reservas internacionales (RIN) por parte de los bancos centrales europeos con las compras compulsivas de su señora ‘Mitzi’, que reventaba sus roperos con vestimenta que –para embeleso de las polillas- ni siquiera usaba. Si despertara hoy en día, don Fritz quedaría pasmado frente al cúmulo de RIN atespradas por parte de la mayoría de bancos centrales y, para colmo, de las llamadas economías emergentes.

Este tema ha sido recogido recientemente por el destacado economista Larry Summers, para quien este sería el “más sorprendente desarrollo en el sistema financiero internacional” acaecido durante el último sexenio, en que paradójicamente los enormes flujos de capital emigraron de los países en desarrollo –que acumularon las RIN- a los países desarrollados. Los que fueron destinados principalmente a financiar el enorme y aún creciente déficit externo de EEUU (que ya ha llegado al 7% de su PIB), con lo que este coloso ya no solo es el ‘mayor poder mundial’, sino también es el ‘mayor deudor mundial’. Para sorpresa de todos, la mayor parte de ese financiamiento ya no proviene de Japón o Alemania, sino de los gobiernos de países exportadores de petróleo y de los ‘emergentes’, que son los que más ‘rines’ acopiaron desde que se iniciara el boom global de los precios de las commodities. Solo el año pasado, el atesoramiento mundial de RIN aumentó en US$ 670.000 millones, en que China, Arabia Saudita y Rusia (recuerde que estos dos explican el 28% de la oferta mundial de petróleo), así como los países emergentes del Asia, amasaron dos terceras partes de ese aumento.

Nótese que en la época en que Mitzi atiborraba su ropería, bastaba que el banco central se acorazara con un stock de RIN equivalente a tres meses de importaciones. Sin embargo, desde la defunción de Bretton Woods (1971) y, sobre todo, desde que las economías abrieron abrupta e indiscriminadamente su cuenta de capitales (a instancias del FMI), nuestras economías están más expuestas a crisis financieras como las de los noventa. De donde surgió un nuevo criterio (denominado ‘Guidotti-Greenspan’) para determinar la tenencia ‘adecuada’ de reservas (RIN), que debería ascender al equivalente del monto del servicio de la deuda externa de corto plazo. De acuerdo a esa pauta, según los cálculos de Summers, el exceso de reservas de los países ‘en desarrollo’ hacia fines del año pasado ascendía a dos millones de millones de dólares (es decir, a dos billones en español y a dos trillones en norteamericano), las que bien invertidas –asumiendo un rendimiento del 6%- equivaldrían a un apreciable 1,85% del PIB del conjunto de países en cuestión.

Asimismo en el Perú se han venido acumulado reservas a un ritmo vertiginoso, las que también vienen apolillándose si tenemos presente que su rendimiento real apenas alcanza el 2% y que llegaría a cero si se siguiera depreciando el US$. Solo desde diciembre 2003 hasta ahora las RIN aumentaron explosivamente en más del US$ 5.000 millones, alcanzando los US$ 15.300’ (además, en ese lapso, la Posición de Cambio prácticamente se duplicó, al pasar de US$ 4.600’ a 9.100’), cifra que obviamente rebasa largamente el criterio Guidotti-Greenspan. Es cierto, sin embargo, que en nuestro caso –en tanto seguimos siendo un país altamente dolarizado- también habría que añadir a la relación otros rubros, en lo que denominaremos el criterio Dancourt. Este incluiría, además de la deuda de corto plazo, tanto el servicio de la deuda externa de largo plazo (privada y pública) que debe realizarse en los próximos 12 meses, como los depósitos en moneda extranjera, para que el criterio sea más realista y su base más sólida. Nivel que nos blindaría plenamente contra embestidas especulativas. En cuyo caso el ‘exceso’ efectivo de RIN no sería sino de unos dos mil millones de dólares.

Y, si continúa la catarata de exportaciones e inversión extranjera, aunque también es cierto que las importaciones vienen acelerándose y que se avizora una recesión leve de EEUU para el próximo año, habría que pensar en dos temas críticos (y, al margen, esperemos que no se deje flotar libremente el tipo de cambio): cómo usar las RIN excedentes y cómo hacer para que su rendimiento real sea mayor que el actual, dado que ahora sería prácticamente nulo. Las reservas ‘básicas’ de blindaje seguramente es sensato que se asignen de la manera más segura y líquida posible (a pesar de la potencial pérdida de capital), básicamente en bonos del Tesoro de EEUU. Pero, como ya lo decía Kenneth Rogoff, el hasta hace poco economista-jefe del FMI: "Una cosa es ahorrar para días lluviosos, pero acumular reservas en exceso es como construir el Arca de Noé".

A ese respecto cabría preguntarle al flamante nuevo Directorio del BCR, siguiendo las preocupaciones de Summers, cómo utilizarán las reservas excedentes: ¿Para estimular el crecimiento y la productividad? ¿Quizá facilitando la importación de bienes de capital y tecnología? ¿Para realizar inversiones de alto rendimiento social, en infraestructura, salud y educación? ¿Para prepagar deuda externa? ¿Invertirán en un portafolio variado de activos internacionales de alto rendimiento? A este último respecto, Summers ha propuesto la creación de un servicio internacional (¿administrado por el FMI o el FLAR?) en el que los países puedan invertir sus reservas excedentes sin asumir mayor responsabilidad política doméstica por el proceso de la decisión de esas inversiones y del resultado final que se logre. También debería discutirse a nivel andino o sudamericano las pautas de la Iniciativa Chiang-Mai propuesta por los países asiáticos para crear una red regional de swaps monetarios bilaterales y de acuerdos de recompra, con lo que un país afectado por una crisis pueda disponer de una línea de crédito inmediata. Seguramente tales iniciativas tendrían que plasmarse en una nueva ley orgánica del BCR, dado que actualmente su directorio aparentemente tendría las manos atadas legalmente para administrar mejor las RIN. En pocas palabras, nos parece que estos temas deberían debatirse públicamente, tanto por ser financiera y económicamente cruciales, como porque es inmoral que un país pobre como el nuestro permita que las polillas engorden a costa de nuestras RIN excedentes.

Fuente: Gestión, octubre 11, 2006; p. 15.