martes, diciembre 26, 2006

Alucinaciones tinkeras

En setiembre del año pasado, mi abuelita materna Candelaria Felipa Trinidad de los Santos se ganó la Tinka y se llevó la friolera suma de S/.3,3 millones, después del 10% que le descontó la empresa de la lotería. Aunque no sabía nada de finanzas, decidió invertir en compañías que cotizaban en bolsa para asegurar su futuro, dado que recién había cumplido 99. Lupa en mano, las escogía de las Páginas Amarillas, siempre que su razón social le recordara alguno de sus recorridos juveniles por ríos y montañas, ciudades y museos, bares y amantes.

Personalmente fue a la Sociedad Agente de Bolsa, que queda a la vuelta de la esquina, y le encargó invertir S/.100.000 en 33 empresas. Por supuesto que después de asignar todo el premio a la compra de esas acciones se quedó sin un centavo y no me pudo devolver los S/.3 que le presté para comprar el boleto ganador.

Un año después, revisé sus cuentas y descubrí deslumbrado que había más que triplicado su capital inicial, que pasó de S/.3,3 millones a S/.11,2 millones. En efecto, ganó 240% en esos breves 12 meses por haber invertido precisamente --que es casi como ganarse otra Tinka-- en las 33 empresas más rentables del país, las cuales figuran en el gráfico adjunto.

Las cifras que ahí aparecen representan la ganancia nominal porcentual por acción de las que han rendido más del 100% entre setiembre 2005 y setiembre de este año, considerando tanto los cambios en sus cotizaciones como los dividendos repartidos, y que hemos recalculado del 'índice de lucro' (sic) que publica trimestralmente la Bolsa de Valores de Lima (BVL). Candelaria merece, pues, nuestros mayores respetos, porque logró sobrepasar los incrementos del Índice General y del Selectivo (correspondiente este a las 15 'blue chips') de la BVL, que aumentaron, respectivamente, 109,1% y 134,3% en ese período (setiembre 2006-setiembre 2005), bastante menos que el que alcanzaron entre anteayer y el mismo día del año pasado: 176,2% y 202,3% cada cual. Sin duda, como es sabido, se trata de la bolsa más jugosa del orbe.

En cambio, mi abuela paterna Érika Inge, que se llevó la misma suerte en la Navidad del año pasado, es absolutamente adversa al riesgo en general y a la bolsa en particular. De ahí que la mitad del premio la guardó en billetes debajo y dentro de sus cojines y colchón (por lo que decía poder dormir más suavecito y que así ya no extrañaba al abuelo), con lo que perdió a tres bandas: -2,7% por los soles, debido a la inflación; y -6,5% por los dólares y -3,6% por los yenes, por la revaluación del sol respecto a esas monedas y por la diferencia de cambio en la compra y la venta de la M/E, a lo que debió añadir una pérdida adicional por la inflación mencionada. Solo ganó 2,5% con los euros y las libras esterlinas, por la devaluación del sol respecto a esas monedas, pero que finalmente se esfumaron completamente por la leve inflación local.

El otro 50% del premio lo llevó al banco. "No vaya a ser que me asalten en casa", decía, aunque las malas lenguas y las estadísticas --"lo mismo son en este país"-- afirman que es más probable que lo hagan dentro o junto al banco. También sabía que los bancos quiebran, pero por lo menos el seguro le devolvería S/.65.000 (o US$ 20.000) de sus depósitos si ello sucediera.

Asignó su dinero en cuentas de ahorro y a plazo, tanto en soles como en dólares, de manera que también perdió en las de ahorro: las de soles le daban apenas un 1,1% de interés al año, que por efecto de la leve inflación se convirtieron en -1,7%; mientras que las de dólares le rendían nominalmente 0,46%, por lo que efectivamente perdió 9% en soles reales, contando las pérdidas por tipo de cambio e inflación.

En las cuentas a plazo en dólares, si bien le pagaban 4,50%, terminó perdiendo 5,3% debido a los efectos mencionados, por lo que solo ganó alguito con las denominadas en soles (también a 360 días), que daban un interés del 4,9%, que con la diferencia en el IPC le significaron un liliputiense plus del 2,1%.

Nicolasa (esa de la TV), mi tercera y más célebre abuela, gracias a los genes minerales que había heredado, asignó todos sus fondos a tres tipos de barras: oro, cobre y plata, que le permitieron recabar 31,6%, 64,5% y 65,1% de ganancias, respectivamente, sin contar inflación e insomnio, comisiones y pérdida cambiaria, alarmas y ametralladoras. No compró barriles de petróleo, lo que fue una suerte porque apenas aumentaron de US$59,4 a US$62 en estos 12 meses y porque habría tenido que almacenarlos en su piscina. Claro que si los hubiera vendido en agosto, cuando el barril volaba por los US$74, la cosa le habría salido simpática (25% de ganancia). Finalmente, de mi cuarta abuela prefiero no hablar y no doy su nombre, porque no tiene nombre que en 33 días le hayan pelado sus 3,3 millones en un casino miraflorino y que hoy ha tenido el descoco de pedirme tres soles... para jugar ya saben qué.

En conclusión, debe usted reconocer que mis abuelitas tienen mucha suerte por haberse ganado todas ellas una Tinka. Porque la única manera de ganársela con seguridad plena (rezando que a ningún otro tinkero le tinquen los seis números milagrosos) es comprando 8'145.060 tickets, para lo que habría que desembolsar casi S/.24,5 millones, lo que no resulta muy rentable si tenemos presente que el pozo que se juega esta dulce noche navideña es de 1,2 millones. Aquí termino y me disculpan... tengo que salir a comprarme un huachito y comerme cada uno de los pavos que cada una de mis cuatro viejitas lecheras me ha preparado.


Fuente: 'El Comercio', diciembre 24, 2006

miércoles, diciembre 20, 2006

Los 'precios de referencia' del aporte minero

Sin duda, el texto del Convenio-tipo del “Programa Minero de Solidaridad con el Pueblo” (D.S. 071-2006-EM: ‘El Peruano’, diciembre 21) que cada empresa minera firmará en los próximos días con el gobierno dará lugar a muchos comentarios. Dadas las limitaciones de espacio, nos centraremos en un solo punto, el referido a los ‘precios de referencia’ (PR), sin duda uno de los aspectos más peliagudos del acuerdo. El cálculo de los PR fue realizado estableciendo el promedio –que cubre el periodo de 1991 a 2005- de las cotizaciones internacionales (en US$ reales) de los siete principales metales que exportamos (cobre, estaño, hierro, oro, plata, plomo y zinc), al que se le añadieron dos desviaciones estándar.

Como es obvio, en las largas y enrevesadas negociaciones a puertas cerradas, las empresas mineras deben haber pretendido que se aplique un método de cálculo que lleve el PR al más alto nivel posible, en la esperanza de pagar el aporte durante el menor número de años posible, recordando que el convenio actual rige por cinco años y que bien podría ser prolongado. En cambio, la función objetivo del gobierno debió contemplar al menos dos variables: buscar un PR lo más bajo posible para recaudar esos fondos durante el mayor número de años para alcanzar las metas de su ‘lucha contra la pobreza’; pero ese PR tampoco debía ser tan bajo como para espantar la inversión extranjera en vista a su lucha por alcanzar el ansiado ‘grado de inversión’.

Pero ahí es donde surge la cuestión central. A falta de una bola de cristal, ¿cómo saber si los precios-umbral son adecuados o exagerados, sea para arriba o para abajo, en particular si no sabemos cómo evolucionarán las cotizaciones a futuro? Hay muchas respuestas posibles, pero que son extremamente complejas, como aquella que pretende medir –lo que sería lo más adecuado- una tasa ‘normal’ de ganancia y en que el aporte extraordinario se daría cuando los precios internacionales aseguren un rendimiento que rebase –es un decir- el 20%. Para facilitar el argumento utilizaremos el mismo método que se aplicó para determinar los PR, pero mirando al pasado y simulando lo que hubiera sucedido durante los últimos quince años, si desde entonces se hubiera instaurado este aporte voluntario (con o sin comillas, a gusto del lector) en base a los PR determinados por la consultora independiente (también con o sin comillas). Le adelanto el resultado: en ningún año habrían tenido que aportar un solo centavo, dado que los PR ‘negociados’ son demasiado elevados, a pesar de la bonanza de los metales en el mercado internacional durante varios de los últimos quince años.

El cálculo de la simulación ‘hacia atrás’ es muy sencillo: se recaba el precio nominal de cada metal para cada año del periodo mencionado; luego se deflactan en base a los precios al productor de los EEUU (con base 2005); y, finalmente, se los compara con los PR acordados entre gobierno y mineras. Resulta que en ningún caso se rebasa el nivel que establece ese umbral, con lo que en esos años las empresas no habrían tenido que desembolsar duro alguno. A manera de ejemplo, ejercitémonos con el caso del cobre y usted verá que ni siquiera en el año 1995 –el del mejor precio real de todo el lapso en cuestión- se alcanza el piso determinado por el PR oficial. En ese año el precio nominal por libra fue de 133 centavos de dólar y de 168 en centavos de US$ reales de 2005, es decir muy por debajo (- 6,3%) del PR de 179 centavos. Más aún, lo que ilustra mejor el problema, el precio promedio real del cobre de todo ese periodo fue de 105 centavos, es decir: ¡41% por debajo del PR de 179!

Si tiene usted el tiempo y la paciencia necesarios, realice ese mismo cálculo para los últimos 55 años y encontrará que las empresas mineras solo habrían tenido que aportar el misterioso 3,75% de sus utilidades netas en unos pocos años, especialmente en los casos del cobre, del oro y del zinc. La negociación adecuada tendría que haber llevado a un PR equivalente a la cotización promedio (puntos porcentuales más, pero no tanto; o puntos menos, aunque no muchos) del periodo, ya que ese podría adoptarse como una criterio-proxy de la capacidad de sobrevivencia de las empresas con tasas aceptables de ganancia. Que sepamos, ninguna empresa quebró en ese lapso y tampoco habría desaparecido por pagar el pequeño porcentaje del óbolo.

Lo que significa que, dados los altos PR establecidos por decreto, bastarían leves reducciones de la demanda mundial por nuestros metales, digamos por una recesión en EEUU y/o una revaluación del yuan, para que caigan abruptamente los precios, lo suficiente como para anular de golpe el aporte minero a los fondos local y regional creados por el D.S. De donde se tiene que, a pesar de -o precisamente por- la existencia de los excepcionales precios internacionales actuales, en no más de dos o tres años no habrá contribución alguna, como lo sabe cualquiera que conoce las peripecias y devaneos históricos de esas cotizaciones. Las consecuencias políticas de ese infortunio son evidentes: si bien el presidente ha señalado que no quiere matar a las gallinas de los huevos de oro, por lo que el equipo negociador oficial aceptó los elevados PR, la suspensión de los aportes llevará a que las comunidades temporalmente beneficiadas le rompan los huevos de oro, cobre y zinc a las gallinas, con lo que también machucarían los del gallo-gobierno. En ese sentido el triunfalismo con el que el gobierno ha anunciado el acuerdo con las mineras terminará siendo una victoria pírrica y el contento de las mineras les rebotará como bumerán.

Podemos discutir si es más importante la gallina o los huevos, pero de lo que no queda duda alguna es que habría sido preferible –como fuera prometido en la campaña por el partido del pueblo- que todas las empresas a paguen las regalías mineras. Estas rendirían ingresos algo más estables, algo mayores, seguramente más transparentes y bastante más equitativos (vis a vis las mineras que sí las pagan) que ese peculiar aporte voluntario y más temporal de lo que se cree. Lo que demuestra, una vez más, que también para este gobierno la estabilidad de las truculentas ‘reglas de juego’ sigue siendo más importante que la endeble estabilidad sociopolítica, porque sigue habiendo quienes creen que aquellas garantizan ésta… cuando actualmente vale precisamente lo contrario.

Fuente: Gestión, diciembre 20, 2006; p. 15.

miércoles, diciembre 06, 2006

Inclusión Excluyente

En los magníficos eventos para ejecutivos que realiza anualmente IPAE se tratan siempre temas de gran actualidad e importancia, tanto para ‘aggiornar’ al empresariado, como para dar a conocer sus creativas opiniones al gobierno y a la sociedad, al margen de la valiosa interacción social que facilita la Conferencia. Siempre interesados por el desarrollo nacional, la semana pasada el CADE lució el ingenioso lema “No existe el Nosotros con Alguien Afuera“. Como no estuvimos presentes en Arequipa y nuestros amigos nos extrañaron tanto como los empresarios al presidente de la república, la primera imagen que queda –y de la que los incluidos recién nos enteramos por la estrella fugaz de Humala- es que habemos unos pocos que estamos dentro y unos muchos que están fuera, digamos un redondo 70% de la población.

¿Pero qué significa estar dentro (el Nosotros) y qué estar fuera (el Alguien)? Es decir y para comenzar, si bien ellos, que son la mayoría, viven fuera de nuestro ámbito habitacional o recreacional, en el que nos hemos atrincherado entre rejas y muros inexpugnables, tienen también la costumbre de ingresar a nuestro recinto más íntimo, sea como cocineras o lavanderas, como mozos o guachimanes, entre muchos otros y que hasta se cobijan cama adentro. En tal sentido, están ‘adentro’ y perfectamente integrados al mercado, en este caso en el del trabajo doméstico. Pero todos los demás también están incluidos, ya no solo como subempleados en el mercado de fuerza laboral, sino especialmente en el mercado de bienes y servicios, porque compran y venden de todo, desde chicles y bombones, pasando por papas y pepas, hasta Coca-Cola o coca a secas. Finalmente, gracias a esas bellas tarjetas de crédito que hacen maravillas, también están incluidos en el mercado financiero.

¿Dónde está entonces la exclusión si todos participan en esa institución social que se llama mercado y que invade todas las esferas en que ‘todo se compra y todo se vende’? He ahí lo que muchos no entienden: la exclusión deriva precisamente de las propias fuerzas del mercado, que los incluye económicamente excluyéndolos socialmente... y palabra que este no es un juego de palabras. Porque resulta que el mercado no es lo que muchos pensamos, un simple instrumento neutro y hasta justo, que premia a los buenos y castiga a los malos. Por el contrario, la naturaleza del mercado es muy peculiar porque parte de una distribución de la propiedad socialmente dada y aceptada, así como de regulaciones políticamente dadas y aceptadas para el uso de la propiedad, reproduciendo indefinidamente esa estructura.

En ese sentido, el mercado no tiene fuerza propia, sino que simplemente refleja las dinámicas que el gobierno y la sociedad le imponen o que surgen espontáneamente en el ‘libre’ juego de oferta y demanda. De ahí que las reformas deben atacar la estructura que determina los datos del proceso mercantil y no el mercado en sí, que solo las refleja. Por lo que el mercado no tiene nada de malo (al margen de problemas como la asimetría de información, las externalidades, los rendimientos crecientes a escala y demás ‘fallas’ menores), ya que el problema proviene de las fuerzas que están detrás de sus determinantes, que son la estructura de la propiedad, el esquema de acumulación y la distribución de la riqueza (natural, pecuniaria, tecnológica o educativa). El que no dispone de ésta y apenas de su fuerza de trabajo, no tiene tantos votos como los que sí la poseen, por lo que inevitable y paradójicamente los incluidos económicamente son excluidos social y políticamente.

De manera que, si exceptuamos a los jíbaros y demás cazadores de cabezas, en nuestro chicha-capitalismo de mercado todos están incluidos, lo que pasa es que orwellianamente unos son más iguales que otros. Y ya no solo tienen más poder en los mercados de bienes, trabajo y monetario, sino que esas fuerzas van bastante más allá y -condicionados en parte por ellas- afectan los mercados judicial, social, educativo y político. Los de ‘afuera’ tampoco están excluidos de estos últimos, sino todo lo contrario: sufren sus consecuencias en términos de discriminación, prepotencia y clientelismo.

Pero el asunto es aún más complejo, cuando pensamos en esa dupla inclusión-exclusión que ahora se postula y que tanto recuerda a las teorías de las modernización y al paradigma de las economías ‘duales’ de los años cincuenta. Entonces se consideraba que nuestro subdesarrollo se debía a la fragmentación de nuestra sociedad y economía, entre un segmento ‘feudal’ –arcaico, analfabeto y demás- y uno ‘capitalista’ –moderno, industrial y demás-, en que podríamos modernizarnos eliminando el obstáculo que representaba el primero a través de la inversión. Por supuesto que poco después se demostró que aquel segmento ‘tradicional’ era funcional para el desarrollo de este último (lo que entonces se conocía como ‘colonialismo interno’) y que André Gunder Frank denominó el ‘Desarrrollo del Subdesarrollo’. Hoy sucede lo mismo en otros términos, pero ese proceso sigue dándose y ya no solo al interior de nuestro país sino a escala internacional, como antes también, y que ahora se denomina ‘Globalización’, que es precisamente la que nos periferiza y nos está llevando a una irracional competencia de fondo de pozo (‘race to the bottom’).

Pero no hay motivo para ser pesimistas, sobre todo si observamos las innovadoras propuestas que se vienen planteando para establecer un sistema que permita gozar a todos de los frutos del crecimiento económico y que desembocaría en el desarrollo social. Baste pensar nomás en el interés prioritario que la CONFIEP le está dando a la problemática de la educación de las mayorías y a la Responsabilidad Social, el de los partidos políticos en la reforma judicial y del estado o el del gobierno por la descentralización, la competitividad y las cadenas productivas, entre otros. Es así como podría cambiarse paulatinamente la distribución de los votos en la contienda económica para asegurar la justicia social y la igualdad de oportunidades, siempre que no se toquen temas tan desagradables como la estabilidad laboral y el aumento del salario mínimo, el cuestionamiento del TLC o el alza de ciertos aranceles, los impuestos al capital o el pago de regalías, entre otros. Esto solo espantaría a ‘los mercados’ e impediría el logro del ‘grado de inversión’, que sería precisamente el que aseguraría un alto grado de inclusión.


Fuente: Gestión, diciembre 6, 2006; p. 15.