miércoles, octubre 22, 2008

¿Acorazados o Acorralados?

Una y otra vez el gobierno y sus acólitos nos repiten que estamos parapetados frente a la crisis internacional. Lo que se debería a nuestro sólido sistema financiero, al sobrado monto de reservas internacionales de que disponemos, al razonable superávit fiscal que se ha logrado, entre otros factores que les permiten asegurar además que seguiremos siendo la economía de la región con la menor inflación y el mayor crecimiento económico.

Lo que se olvida es que nuestro esquema de acumulación productiva es sumamente frágil, lo que habría podido ser evitado con medidas adecuadas para blindar nuestra economía de otra manera. Sabido es que hace ya dos décadas nos enrumbamos por la ruta primario-exportadora, como consecuencia natural del fracaso de la mal gestionada ‘industrialización por sustitución de importaciones’ y que, a raíz de la hiperinflación, llevó a la adopción de drásticas políticas de estabilización y ajuste ‘mercado-amigables’. Estas solo pretendían resolver nuestros problemas de corto plazo (la inflación y la brecha externa), pero terminaron convirtiéndose en medidas de largo alcance que modificaron profundamente el paradigma de desarrollo, basado en nuestras ventajas comparativas puramente estáticas.

Recordemos que entonces como ahora, ‘Exportar o Morir’ era el eslogan que monopolizaba toda discusión y propuesta de política, conduciéndonos a una sobre-especialización basada en la exportación de materias primas, básicamente minerales. Lo que resultaba bastante lógico, dada la estrechez del mercado interno y porque no estábamos en condiciones de competir internacionalmente en otros espacios, ni con los países altamente desarrollados por sus ventajas tecnológicas, ni con los nuevos países emergentes (no solo China e India) por sus bajos costos y elevada productividad. Gracias a la liberalización de la economía ingresó abundante inversión extranjera y se desarrollaron lucrativos proyectos de exportación que permitieron la bonanza económica que experimentamos algunos años en los noventa y, nuevamente, a partir de 2002. Con lo que hemos atado nuestro destino a los volátiles precios internacionales, a la movediza inversión extranjera, a las remisiones de nuestros migrantes y a los divisa-dependientes patrones de consumo, en vez de ‘aprender a vivir con lo nuestro’.

Desafortunadamente no se aprovechó ninguno de esos impresionantes ciclos de crecimiento económico para fortalecer la división interna del trabajo y diversificar el aparato productivo doméstico, lo que habría sido viable con los excedentes disponibles, adoptando además medidas sectoriales regionalmente distribuidas e incentivos para la innovación de productos y tecnologías. En pocas palabras, sólo dispondremos de sólidas capacidades defensivas frente a las turbulencias internacionales cuando dispongamos de un mercado interno amplio y una descentralización plena, una institucionalidad consolidada y mecanismos permanentes de concertación plural, equipos sólidos de ciencia y tecnología, una fuerza de trabajo adecuadamente calificada, sectores y ramas económicas integradas horizontal y verticalmente, una distribución del ingreso y la riqueza relativamente equitativas, patrones de consumo ajustados a nuestra dotación de recursos. En esas condiciones, tanto el empresariado local, como la fuerza de trabajo, podrían afrontar sosegadamente las recurrentes crisis internacionales, ya que dispondrían de los espacios necesarios para expandirse no solo externa sino sobre todo internamente.