miércoles, octubre 29, 2008

El Paludismo del Capitalismo


Antes de la Revolución Industrial, las crisis se expresaban a través de la escasez de bienes y servicios, como consecuencia de fenómenos exógenos a la dinámica económica, tales como cambios climáticos (malas cosechas), pestes, revoluciones o guerras, siempre circunscritas sectorial o geográficamente. A partir del siglo XIX, en cambio, las crisis recurrentes son endógenas al sistema, apareciendo como procesos de sobreproducción o exceso de mercancías invendibles, cuya gravedad provenía del hecho que se contagiaba velozmente a diversas ramas económicas del propio país en que se originaron, así como a gran parte de la economía-mundo.


Como tal el capitalismo sufre ineludiblemente las tercianas del paludismo, esas terribles fiebres intermitentes que brotan a intervalos más o menos cíclicos, contrariamente a los que creen en los ‘mercados perfectos’, que supuestamente se autorregulan automáticamente y dan lugar a procesos armónicos de expansión económica. Pero la historia económica nos recuerda que ese mal retorna terca e indefectiblemente. Baste enumerar los años en que comenzaron esas febriles recesiones y depresiones que afectaron al unísono –entre muchos otros países- a Gran Bretaña, EEUU y Francia: 1797; 1807; 1814; 1818; 1825; 1836; 1847; 1857; 1866; 1873; 1881; 1890; 1907; 1918; 1929; 1953, 1957; 1973; 1980; 1990; 2001; y 2008.


Si sumamos los 210 años transcurridos desde la primera de las fechas nombradas, siguiendo las definiciones del National Bureau of Economic Research (NBER), constataremos que abarcaron –para el caso de EEUU- exactamente 80 años. En promedio, duraron 56 meses, cifra ciertamente sobredimensionada por la ‘Depresión Larga’ de 1873 a 1896 (23 años) y la ‘Gran Depresión’ de 1929 a 1939 (una década). Si añadiéramos las debacles de los países periféricos no acabaríamos de enumerarlas, para lo que bastaría recordar sólo las más conocidas de la década pasada: México (1994), el sudeste asiático (desde 1997), Rusia (1998), Brasil (1999), Argentina (2000) y Turquía (2001).


Obviamente los economistas ortodoxos atribuyen todos estos achaques a las nefastas intromisiones estatales, a sabiendas de que en muchos casos fue precisamente el gobierno quien evitó que la economía norteamericana caiga en el pantano o que la ayudara para atenuarle la fiebre que le generaron las picaduras de las féminas del mosquito anófeles. Esto fue especialmente cierto a partir de los años treinta, como consecuencia de la adopción de políticas keynesianas avant la lettre (el New Deal, p.ej.), que posteriormente fueron racionalizadas por Keynes en su Teoría General y cuyas lecciones se aplicaron en el periodo de posguerra conocido como el de los Años Dorados (1945-1973), pero que tampoco pudieron calmar las recesiones.


Ese recetario fue sustituido, desde los años setenta, por las recomendaciones de los monetaristas, quienes tampoco dieron en el blanco, como nos lo acaba de recordar Paul A. Samuelson, comentando el “suicidio del capitalismo de Wall Street” del 2007: “En el fondo de este caos financiero, el peor en un siglo, encontramos lo siguiente: el capitalismo libertario del laissez-faire que predicaban Milton Friedman y Friedrich von Hayek, al que se le permitió desbocarse sin reglamentación. Esta es la fuente primaria de nuestros problemas de hoy. Hoy estos dos hombres están muertos, pero sus envenenados legados perduran” (“Adiós al capitalismo de Friedman y Hayek”, en El País, octubre 26).


De manera que lo más grave es que, como es sabido, aún no existe una cura garantizada para la malaria, como tampoco se vislumbra la que permita contener la “exuberancia irracional” (Greenspan) inherente al capitalismo contemporáneo. Y lo paradójico es que la ciencia económica es aún muy joven (u olvidadiza) para entender el capitalismo y este ya está muy viejo como para curarlo del paludismo.