miércoles, junio 03, 2009

¿Le llegó la hora al impuesto Tobin?

En 1973 James Tobin hizo pública su célebre sugerencia de cobrar un impuesto sobre todas las transacciones de divisas que se realizaran en el mundo, con la intención de reducir las fluctuaciones cambiarias. A ese respecto, luego del colapso de Bretton Woods (1971), se desató una muy acelerada movilidad internacional del capital privado, por lo que el profesor de Yale alertó que "las economías nacionales y los gobiernos nacionales no están en condiciones de ajustarse a los flujos masivos de fondos en los mercados cambiarios, sin perjuicio (de la economía) real y sin un sacrificio significativo de la política económica nacional respecto al empleo, la producción y la inflación. Específicamente, la movilidad del capital financiero limita las diferencias viables entre las tasas de interés nacionales y, por tanto, restringe severamente la habilidad de los bancos centrales y de los gobiernos para adoptar políticas monetarias y fiscales apropiadas para sus economías domésticas".


En ese contexto, la mejor vía para afrontar los problemas, nuevamente según el Premio Nóbel de 1981, consistiría en ir "hacia una moneda común, una política monetaria y fiscal común y a la integración económica" plena, que él denominó "el ideal de un mundo", en el que "los movimientos de los fondos para explotar el arbitraje de las tasas de interés o para especular en base a las fluctuaciones de los tipos de cambio no pueden ser el origen de los desarreglos y de los ajustes regionales dolorosos". Entonces afirmaba con toda razón que, probablemente por las resistencias políticas que acarrearía, "es muy difícil imaginar un escenario de evolución gradual hacia un régimen tan radicalmente distinto, aun cuando bien podría ser el óptimo global". Consecuentemente, Tobin se inclinó por otra vía para evitar tales vaivenes, proponiendo el cobro del 1% a toda transacción cambiaria, que es lo que desde entonces se conoce como impuesto Tobin.


Él mismo reconocería posteriormente que su propuesta inicial "cayó como una piedra en un pozo profundo", a pesar de que la esencia de su idea consistía "en lanzarle algo de arena a las ruedas de nuestros mercados monetarios internacionales excesivamente eficientes". Con ello se intimidaría a muchos especuladores, suavizando así la volatilidad cambiaria, con lo que también se le "daría un mayor espacio de maniobra a los Bancos Centrales de los pequeños países, a fin de afrontar en algo el dictado de los mercados financieros".


Con la crisis financiera global en curso hay quienes están volviendo a ese tipo de impuesto, pero desde una perspectiva muy distinta, tal como la planteara Ignacio Ramonet en Le Monde Diplomatique de diciembre 1997. Los que lo siguen proponen aplicar un impuesto a las transacciones cambiarias –similar al impuesto francés a los pasajes aéreos- para contribuir a cumplir con los Objetivos del Milenio hacia el año 2015, ya que las economías desarrolladas no están cumpliendo con su compromiso –asumido hace décadas- de dedicarle anualmente fondos equivalentes al 0,7% de su PBI.


Los estudios más serios sugieren implantar un impuesto muy reducido del 0,005%, más viable técnica y políticamente, para financiar la lucha contra la pobreza extrema y las pandemias, lo que permitiría recaudar -conservadoramente- una suma pequeña pero no despreciable de entre US$ 30 y 60 miles de millones anuales (considerando que diariamente se realizan transacciones cambiarias por US$ 900.000 millones), que se administrarían por el Programa de Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD). Hace algún tiempo los parlamentos belga, canadiense y francés aprobaron la propuesta… ¡pero aún faltan unos 30 países y probablemente 30 años para que la visionaria sugerencia se materialice!