lunes, septiembre 28, 2015

De la Tinka a la Tranca - A Propósito del Modelo Primario-Exportador



Con motivo del bien merecido 25 aniversario de fundación del diario Gestión, se publicó un valioso número especial en el que apareció un artículo de un gran amigo y mejor economista que sintetiza la trayectoria cíclica del crecimiento que han recorrido los gobiernos latinoamericanos, contrastando el chileno, colombiano y peruano con el argentino y venezolano. El colega postula que son “esencialmente las condiciones internacionales” y, en menor medida, las políticas económicas las que determinan nuestro desempeño, para bien o para mal.

Dice bien que, cuando los precios internacionales son altos y atraen masivas inversiones foráneas, nuestro crecimiento se dispara, cae el tipo de cambio y con éste la inflación, paralelamente a lo cual mejoran la balanza de pagos y los ingresos fiscales. Y al revés, cuando descienden las cotizaciones de nuestras exportaciones se reduce la inversión extranjera y con ella las tasas de crecimiento económico. En pocas palabras, en la medida que se trata de economías pequeñas y abiertas, navegamos en los mares internacionales como nueces que se apresuran con la marea alta y tienden a encallar cuando ella baja. Si no nos hemos ahogado, según el colega, es porque hemos seguido políticas “neoliberales” (como también Chile y Colombia), a diferencia de los suicidas experimentos argentino y venezolano que no crecieron tanto como nosotros por aplicar recetas “no neoliberales” (que otros llaman “populistas”).

Por tanto, dado un contexto internacional, todo dependería de las políticas macroeconómicas que se adopten. Si son “neoliberales” crecerán más cuando rige un entorno internacional favorable que los que aplican políticas “no neoliberales” y, a la inversa, en condiciones externas adversas los primeros crecerán menos pero aún más que los segundos.

El argumento es lógicamente impecable. Pero nuestro colega en ningún momento se pregunta por qué es tan importante el entorno internacional, cuando está a la mano la explicación, aunque a muchos no les guste el término: somos un país primario-exportador. Y eso no tiene nada de extraño, ni es necesariamente perjudicial, ya que es consecuencia lógica de la globalización, que en nuestro caso –“Perú: país minero”- lleva necesaria y automáticamente a aprovechar al máximo nuestras ventajas comparativas por acción de la propia dinámica natural de los mercados a escala mundial.

Las buenas condiciones externas –abundante financiamiento y elevados precios- fueron racionalmente aprovechadas por las empresas mineras e hidrocarburíferas. Se arriesgaron a invertir masivamente en el país de 1993 en adelante, cosechando sus mayores frutos desde que se inició la bonanza de precios a fines del 2002, cuando se ganaron la Tinka Toledo, García, el MEF y el BCR, según nuestro colega. Es a partir de entonces que comenzaron a interiorizar la mentalidad “exitomaníaca” los economistas, políticos y empresarios adictos a los mercados libres: todos creían que el proceso fluiría a la perfección en la economía y la sociopolítica, siempre y cuando se respeten las políticas neoliberales, que garantizaban viajar tranquilamente por acción del piloto automático que se encargaría de llevarnos a Nirvana, independientemente del "modelo".

Con lo que su mensaje resulta muy claro: el modelo primario-exportador adoptado muy racionalmente por los países mencionados no tiene nada que ver con el desempeño de nuestras economías. Sería necesario y suficiente aplicar políticas neoliberales, las que nos llevarían al éxito y, paulatina y casi automáticamente, como dirían otros neoliberales, por la exitosa ruta de crecimiento australiana, noruega o neozelandesa, olvidándose que éstas recién transitaron hacia la primario-exportación cuando ya eran países desarrollados, institucional, económica y políticamente sostenibles.

Frente a ese carnaval de optimismo, hasta hace poco, nadie quería reconocer que los ciclos de precios de las materias primas no duraban más de 8 a 10 años y que cada uno se caracterizaba por una alta volatilidad coyuntural; nadie quería reconocer la existencia de la “enfermedad holandesa” que –por la sobrevaluación del tipo de cambio- perjudicaba y hasta destruía ciertas ramas de la industria manufacturera naciente y del sector agropecuario; nadie quería reconocer el poder que concentraban los nuevos grupos económicos asentados en los sectores extractivistas para influir y hasta para cooptar los poderes del Estado; nadie quería reconocer la necesidad de fomentar la diversificación productiva; etc.

De ahí que no sea cierta la afirmación del autor, quien afirmó que, sólo y recién cuando las papas queman y se reduce el crecimiento, se convierte en “un eterno candidato a culpable el modelo de desarrollo”. Ha olvidado que, desde mediados de los años noventa, muchos economistas –que supuestamente sufrían de “fracasomanía”- alertaron sobre los peligros que implicaba económica y sociopolíticamente la instauración del modelo neoliberal extractivista a ultranza, dada la abundante evidencia empírica disponible en su contra. No es así nos dice el autor: “el culpable es otro”, no es el modelo neoliberal, sino la política económica “no neoliberal“ de unos y, sobre todo, las cambiantes “condiciones internacionales” que afectaban a todos por igual, en las malas y en las buenas.

Y es que la mentalidad “éxito-maníaca” respecto al modelo extrovertido, que derivó de los éxitos iniciales de las exportaciones primarias y de algunas no tradicionales, lo que los llevó a dormirse en sus laureles (“házte fama y échate a la cama”) y, por tanto, a la confianza plena en las instrucciones del GPS. Fue así que se dejó de reconocer que había que actuar rápida y eficazmente a fin de aprovechar la oportunidad que brindaba la bonanza sin precedentes –dados los enormes excedentes que generaba el estilo de crecimiento- para innovar, descentralizar y diversificar la economía para ofrecer un multifacético menú de exportaciones y ampliar el mercado interno. Es así como se desaprovechó una década dorada para cambiar paulatinamente de modelo, creyéndose ingenuamente que ello implicaría desplazar a los sectores primario-exportadores. El cambio de nuestra estructura productiva y la inclusión de las mayorías al mercado doméstico nos evitaría así eliminar o suavizar el impacto de las turbulencias del mercado internacional, que -en opinión de nuestro colega- sería "el culpable principal" del "menor crecimiento y la mayor inflación".

Y, ahora, después de diez años de euforia y baños en champán, los beneficiarios del modelo han despertado de la tranca y vienen buscando chivos expiatorios, que ya existían antes pero que ahora sirven para que “el modelo no se toque ni con el pétalo de una rosa”. Enumeremos unos pocos “culpables” de la ralentización económica y sus consecuencias, según el sesgado parecer (con una pizca de válida justificación) del clan neoliberal de opinólogos: la tramitología; el ruido político; la falta de liderazgo del Presidente; la corrupción del poder judicial; la inseguridad ciudadana; los antimineros que deambulan por todo el territorio nacional; la falta de confianza de los inversionistas; los gobiernos regionales incapaces de estimular la economía con más inversión; las mentirillas de la presidenta; el ciclo político de la economía y la incertidumbre frente a los próximas elecciones generales (primera vuelta: abril 2016); la aprobación por el Congreso de la concesión del lote petrolero 192 que espantaría la inversión extranjera; la caída de la Bolsa; los rumores de golpe militar; etc.

Pero también han surgido –sólo hace poco- iniciativas y acciones positivas desde el gobierno con algún acento socialdemócrata, tales como la diversificación productiva, las reformas del sistema educativo, el impulso a los parques industriales, los incentivos al turismo, el diálogo del Premier con los líderes de los partidos políticos, las inversiones masivas en infraestructura, la reforma de la policía y demás medidas y muchos más buenos propósitos, la mayoría de los cuales quedarán en el papel y algunos otros surtirán efecto en algunos años, si no se suspenden con el próximo aterrizaje del siguiente gobierno. En todo caso, algo es algo y bastante más que nada. Sin embargo, postular que el modelo no tiene nada que ver y que todos los males se deben a las políticas económicas "no neoliberales" es una simplificación exagerada, por decir lo menos.

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P.D.: Hoy también ha sido publicada una síntesis de este artículo en El Comercio, p. A24 (http://elcomercio.pe/opinion/columnistas/proposito-modelo-jurgen-schuldt-noticia-1843619).